Revista Palta | DESEOS QUE SE GUARDAN EN EL DISCO DURO
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DESEOS QUE SE GUARDAN EN EL DISCO DURO

Tengo una doble vida. No porque tenga dos familias en paralelo -ni siquiera tengo una- ni porque participe de actividades ilegales que haya que ocultar: mi otra vida existe en archivos .txt. Ahí están todos mis planes, mis ideas, mis metas, mis deseos para el futuro próximo y lejano, en forma de listas, desperdigadas por mi disco duro. La dualidad radica en el hecho de que lo que está en esos .txts rara vez se materializa. En un diagrama de Venn imaginario, la intersección entre el contenido de estos archivos y el acontecer de mi vida es mínima y un poco decepcionante.

En mis .txts soy la mejor versión de mí misma. Voy a todos los médicos a los que tengo que ir, lleno mi casa de objetos útiles y hermosos, encuentro formas de expresarme creativamente, escribo sobre diversos temas, leo de manera voraz, descargo mi ansiedad mediante actividad física aeróbica regular, socializo, divido las metas grandes en porciones manejables y las conquisto de a poco; pruebo mil cosas hasta hallar la que, como un cable puente para batería, me devuelva al movimiento y a la vida real.

El concepto de sigilo proviene de prácticas mágicas antiguas y alude a un símbolo que codifica una intención: lo que el mago quiera que se materialice. El sigilo se concibe, se dibuja, se carga de energía y se suelta, borrándolo para siempre del pensamiento y encomendándolo a la fuerza o entidad creadora que el mago prefiera (si es que ésta acepta sigilos) para su eventual -y certera- realización.

Una forma de crear un sigilo es escribir, primero, una oración que describa el hecho o circunstancia que uno desee, como si éste ya fuese realidad; luego, unir y deformar las letras utilizadas hasta obtener un dibujo que en apariencia no guarde relación alguna con el texto previo. Después viene la parte de cargar y soltar -que escapa a mi conocimiento meramente teórico y superficial-. Si uno sigue este proceso, está participando en una práctica denominada magia del caos.

Yo no, yo sólo hago listas. Pero hay algo en ese acto que también implica algún grado de intención y una suerte de movimiento (o tentativa) en pos de aquello que se desea.

Tal vez me falle la parte de la energía. Tal vez la parte que requiere confiar en alguna fuerza creadora, o siquiera concebirla. Mis sigilos de bloc de notas fallan cuando abro Google/el oráculo en un intento de materializar y me convenzo hábilmente de que nada es para mí. En esta clase de danzas son todas adolescentes y además seguro bailan una música de mierda. Este grupo de gente parece interesante pero a la vez creo que me cae mal y mejor no hacer la prueba. Este trabajo no sabría cómo hacerlo y me cansa de sólo leer la descripción. Esto queda demasiado lejos. Eso otro es caro y sólo por encargo.

La vida real es impredecible y drena energía que rara vez devuelve. El caos me da ansiedad y la magia se me hace algo entre de juego de rol y autoayuda chanta sabor misticismo. Prefiero jugar Oblivion y dejar las listas en una carpeta olvidada, lejos de la visibilidad del escritorio.

No obstante, algunos .txts ascienden y se transmutan en archivos de texto con formato: ahí puedo usar colores cuando me siento particularmente motivada y tachar ítems que ya completé, placer escaso y efímero. El summum del espíritu emprendedor son las hojas de cálculo de Excel, con esa apariencia tan de oficina, tan de persona que sabe lo que hace y además le pagan. Las materias de mi carrera universitaria están en una de esas: a veces, cuando tengo pesadillas donde ya es septiembre y me voy a quedar libre en Educación Física o Matemática del secundario, puedo comprobar la realidad al despertar en una prolija lista de veinticuatro materias, todas ya tachadas y con un número al lado. Todavía no fui a la facultad a tramitar el título, aunque sí puse “tramitar el título” en una lista y armé otra con los pasos a seguir. Que lo materialice Dios.

 

 

Por Mercedes Mena.

Colaboración
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