Revista Palta | DEL SUPERMERCADO, A LA SUPERHEROÍNA
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DEL SUPERMERCADO, A LA SUPERHEROÍNA

Los juegos de roles estaban en mi top tres de juegos preferidos cuando era chica. Especialmente si los jugaba con mi mamá o con mi papá y podía mandonearlos y decirles lo que quería que hicieran. Acostate, cociname, ordená tu cuarto, hablá por telefono, dormite, pedime upa. Me gustaba jugar a ser adulta y correr de un lado al otro con una cartera llena de cosas y una lapicera que hacía de cigarrillo en mi boca. Quejarme de las cosas, caminar con tacos y ordenar los papeles del trabajo con el nene en brazos.

Como millenial, esa fue la concepción de mujer de familia con la que me crié. Para mi generación -en especial también para mi clase- la imagen de ama de casa era la de una mujer que había perdido su proyecto personal. Ahora teníamos que poderlo todo. Así que, si bien crecí deseando ser una Susanita, de más grande entendí que ésa era mi manera de expresar el deseo de ser adulta.

Mi sueño era tener hijos y ser una profesional exitosa. Algo que, más allá del modelo de la Barbie CEO, es muy difícil para las mujeres hoy. Sin embargo, en mi familia habíamos tenido suerte. Tenía cinco hermanas mayores, todas trabajadoras, super exitosas en lo suyo, y cabezas de sus propias familias; y una madre superestrella, familiera, independiente, madre de sus hijas y de sus propios padres, querida por todos.

Y esa era mi aspiración, ser como ellas. Entonces, mientras les daba papilla en la boca y peinaba a mis muñecas, tenía entrevistas radiales por teléfono y las convencía de que se quedasen con la niñera tranquilas una noche más para que yo pudiese ir a un estreno. Les decía, en mis palabras, que irme a trabajar no significaba desamor.

Evidentemente, una parte inconsciente mía había captado las dificultades de todo lo que admiraba en ellas, porque esa era la otra cara de la moneda: estaban solas.

Mujeres muy queridas y fuertes, pero solas. Que no recibían ayuda de nadie, especialmente de los hombres. Cada tanto, si lo pedían, lograban que su pareja buscase al chico por el cumpleaños, las acompañase a ver a la abuela, las ayudase a sacar unos pasajes por internet. Y en esos casos eran tildadas como rompebolas. Incluso yo lo veía de esa manera y me reía de eso con mis cuñados. Que fueron todos buenos, amables, compañeros y cariñosos. Pero estaban atravesados por un mandato que no los presionaba en lo absoluto a la hora de ayudar con las tareas de la casa, o de la familia. Todo lo contrario: se los premiaba cuando se quedaban horas extra en el trabajo, lo que no les impedía tener una vida exitosa también en el plano familiar.

Fueron varias las veces que me encontré a mamá llorando por todo lo que tenía a cargo y lo sola que se sentía en eso. Así entendí que todos los rasgos que yo admiraba de ella, que me hacían tomarla como referente primera, tenían un costo. Incluso cuando tenía la suerte de poder tercerizar tareas con niñeras, empleadas domésticas, geriátricos, tías y deliverys, había momentos en los que para mantener el éxito en casa y en el trabajo, tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano. Yo lo sentía. Sus jornadas de trabajo eternas, las entrevistas a cualquier hora o los fines de semana, los rodajes en países lejanos. La culpa que sentía por ello. Una culpa que mi papá no manifestó nunca.

Crecí presionandome por ser lo más independiente posible. Disfrutando cada queja que salía de mi boca como un paso más hacia la madurez. Entendiendo que si la mujer que trabaja fuera de casa no estaba estresada, tenía que ver con que no era lo suficientemente independiente. Si no estaba agotada, estaba recibiendo demasiada ayuda. Y, en cambio, las que no tenían un trabajo pago, pero lo hacían en su casa todos los días, eran unas mantenidas. Una “buena mujer” tenía que vivir a mil manos, sin tiempo para descansar o divertirse. Un gran avance del feminismo el nuevo rol de trabajadora exitosa activa, pero que no tomaba en cuenta su doble trabajo: la mujer nunca dejó de ser ama de casa -con toda la noción de madre que eso implica-, ni siquiera teniendo trabajos por fuera del hogar “superiores” a los de muchos hombres.

Me mudé sola, tempranamente, y heredé ese sentimiento de culpa como si fuera lo correcto. Lo sentí cada una de las veces que recibí ayuda. Económica o de otro tipo. Lo hice porque no me quedaba otra, o porque estaba cansada y dejé que un invitado lavase los platos. Lo hice hasta que dejé de sentir el estar cansada o quejosa como algo bueno. La gente no me miraba bien cuando lo hacía. Tenés trabajo, vivís sola, sos pendeja, ¡deberías estar feliz!

Tenía que disfrutar de mi independencia sin quejarme. Era algo que yo había elegido, y tenía suerte de tenerlo. No podía darme el lujo de estar cansada, de tener la casa sucia, o de no tener comida cuando la gente viniera de visita. El trabajo debía ser invisible, no era correcto esperar recompensas o cumplidos en respuesta. No podía quejarme tampoco de la pobreza de tiempo. Estar al pedo significaba inmadurez.

A la mierda también la idea de ser madre joven, eso iba en contra de mi profesionalismo y significaría un retroceso en mi carrera. Debía elegir cuidadosamente el momento adecuado para darme ese lujo.

Empecé a notar que esa independencia que yo anhelaba, ese doble trabajo, era un padecimiento silencioso en la vida de mis hermanas. Las que estaban solas y las que estaban en pareja. Las que tenían hijos y las que no. Y noté que las que menos ayuda recibían eran las más aceptadas tanto social como culturalmente. Lo mismo pasaba con las mujeres fuera de mi familia. Que estuvieran solas era algo admirable.

Me surgió una fascinación mucho mayor aún. Por ser tan lindas y tan adultas y tan madres de todos. Por el enorme esfuerzo que les significó, y que les significa, ser reconocidas y definidas por sí mismas y no en base a su relación con sus hijxs, o sus maridos. Por lo queridas que son, entendiendo lo mucho que eso suele costar, especialmente para mujeres trabajadoras, exitosas y ambiciosas como ellas. Por lo difícil que debió haber sido también profundizar el amor propio y la valentía entre tanto sexismo. La lucha diaria que todo eso conlleva.

Yo soy criticada por vaga, por haberme esforzado menos. Porque a los quince todavía tenía un chofer que me llevaba al colegio. Porque el primer año que viví sola mi papá me pasó plata todos los meses. Porque tengo poca calle. Porque me quejo mucho. Porque tengo el inodoro del baño con pelitos y las hornallas con migas.

Los hombres en mi familia, a diferencia de muchas otras, no son el centro en absoluto. Son los compañeros. Las chicas dormimos del lado derecho de la cama y tenemos el poder de decir cómo queremos que sean las cosas. Escuché muchos halagos, incluso entre nosotras mismas, del tipo “que suerte que tenés que Pirulo te ayuda con el nene”, como si no fuese una obligación para él hacerlo. Que qué suerte que tenemos alguien nos ayuda cuando lo pedimos. Qué suerte tenemos de tener a alguien.

Creo que las mujeres no tendríamos que ser criticadas por pedir ayuda ni sentir culpa cuando lo hacemos. Que ni siquiera está bien que necesitemos pedirla. Y que no deberíamos tampoco sentir tanta presión de ser exitosas, ni tener que trabajar tanto y tan solas cuando volvemos a casa.

Que todas podemos -y debemos- reflexionar sobre lo obvio sin temor a ser tildadas de quejosas, o de retorcidas. Desaprender lo aprendido. Entender que lo personal es político. Que hay que alimentar otro modelo de mujer, pero también otro modelo de varón. Que no nos tienen que admirar tanto por “poder solas”, o por “estar en dos lugares a la vez” sino, en su lugar, empezar a ayudarnos. Y, mientras tanto, saber que son ellos los que nos tienen que agradecer a nosotras. Porque, así como están las cosas, es como dice Beyonce: who run the world? girls.

Manuela Martinez
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