Revista Palta | DE VIAJE ES FÁCIL SER LA QUE QUIERO
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DE VIAJE ES FÁCIL SER LA QUE QUIERO

Cada vez más chiquito, casi tan lejano como lo va a ser el recuerdo del caribe cuando me atrape lavando los platos dentro de un par de días. Si hago fuerza lo puedo ver. Es alguno de esos puntitos de ahí, de la orilla. Hace menos de tres horas yo estaba ahí con él. Seguro éramos como un punto solo porque a esa distancia no éramos dos. Me agarro el vestido con los puños, justo en la cintura donde me despidió.

Pienso en el momento exacto en el que noté que había onda. No sé si fue algo en su mirada, en su acento, o en su voz, pero me preguntó mi edad y todos alrededor ya estaban haciendo comentarios sobre nosotros. El subtexto “te quiero coger” dentro de esos “cuantos años tienes” había sido tan poco disimulado que incluso mi mamá, cuando volvimos a la habitación me dijo “ese español está muerto con vos”. Su hermosa manera de idealizar todo lo referido a mí.

Él, con sus brazos gigantes y su culo triangular, eran la metáfora perfecta de lo que significaban las vacaciones. Un foco de sensualidad y de deseo tal que, lejos de todas las barreras que me pongo en la ciudad, me permitió conquistar y dejarme conquistar con impunidad.

Histeriqueamos tanto que la semana de vacaciones nos quedó corta. Después de noches inconclusas y mensajes provocativos, terminé corriendo por todo el hotel con la valija en una mano y la campera que él me había prestado en otra, sintiéndome Meg Ryan en una de sus románticas, en mi intento voraz de no perderme el avión y darle, antes de partir, el beso que había quedado inconcluso.

Ahora miro desde la ventana al puntito que se vuelve cada vez más chico hasta que desaparece. A él le quedan dos días antes de volver para Madrid y ya debe estar sacándose fotos en la playa en las que yo ni aparezco. Haciendo reír a los que se quedaron, y hablando de excursiones con otro grupo de gente. Y yo estoy siendo forzada a salir del estado de paréntesis.

Cuando baje del avión todo esto va a ser algo parecido a un sueño. Ya voy a estar de vuelta en casa, abrazada a mi gata, y rodeada de proyectos que me digo que me entusiasman. Con fiaca hasta de bajar las fotos, y con toda la ilusión de volver a cruzarlo, que se va a haber convertido en un par de likes en instagram cada tanto.

No quiero dejar que la fuerza de este avión me aleje de mí misma. No me quiero olvidar de eso que fuimos, ni de esa que fui mientras corría a buscar tragos en la playa solo por la ilusión de cruzarlo; pero toda mi espontaneidad va desapareciendo y desde la ventana ya solo veo nubes. Ahora cada vez que se me cruza un pensamiento con acento español, enseguida lo tildo de estúpido.

Mamá mira las publicidades del avión con los auriculares puestos, y yo agradezco que ella esté en otra. Aprieto los dientes para que nadie me descubra tragándome las lágrimas. Sé que no es por él, él no fue más que la ilusión de todo lo que sé que no voy a tener cuando vuelva. Es por toda mi libertad, que quedó en esa isla, y que ya está demasiado lejos como para ir a buscarla.

Las responsabilidades habían quedado suspendidas, y el avión levanta vuelo y las atrapa en un segundo. Me está obligando a volver a mi yo real. A la que no sabe limpiar bien su casa, a la que no desarma la valija por semanas, a la que le rompen las pelotas los zapatos llenos de arena, a la que se resigna antes de perseguir cosas inalcanzables.

Capaz más tarde deje caer estas lágrimas que tengo atragantadas desde la mañana. Pobres, ellas saben que no corrí para despedirme de él, que en realidad me estaba despidiendo de mi yo más genial, que solo existe estando de vacaciones. Ellas saben que ahora vuelvo, inevitablemente, a esa adulta deprimida de la que me quise escapar cuando saqué los pasajes.

Entonces miro por la ventana, donde todavía no hay un otro que me mire; me toco el vestido en la cintura donde me despidió él, y abrazo a la almohada. La aprieto fuerte, como los dientes.

Manuela Martinez
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