Revista Palta | ¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE AMOR?
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¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE AMOR?

¿Cómo vas a ser revolucionario siendo tan tradicionalista? El jazz se está muriendo por gente como vos. Ésto es lo que le dice el personaje de John Legend al interpretado por Ryan Gosling. Su planteo es: ¿cómo salvar un jazz que nadie escucha?

Hagamos el ejercicio de cambiar la palabra jazz por musical, o incluso cine, y volvamos a leer el planteo de Legend. Éste es básicamente el intento de la película: reconciliar los musicales de Gene Kelly y Jacques Demy, con el cine moderno. El mensaje implícito es: el clasicismo puede ser revolución. En palabras del mismísimo Chazelle, su intento tiene que ver con “tratar de volver a traer del pasado ciertas cosas que sentí que se habían perdido, y que no necesariamente debería ser así.”

Contraponiendo tradicionalismo y revolución, preservación y modernismo -ya no en relación al jazz, sino directamente en relación al cine- y denunciando una enorme falta de memoria por parte de Hollywood-, La La Land funciona como un culto a la nostalgia.

Pero el público quiere cosas cada vez más reales y esa es la moda actual que se contrapone a los decorados pintados del viejo Hollywood. Ya no va más, en términos de tendencia, la suspensión de la incredulidad que proponían los musicales clásicos donde se rompía la cuarta pared o los diálogos empezaban a ser cantados. La moda es todo lo catalogable como humano, como real. La pregunta es: esta no-inocencia, ¿es trasladable al género musical?

La clave, para Chazelle, está en no favorecer a la técnica por encima de los personajes o de la historia. Cuadros que no se convierten de la nada en una ejecución perfecta de coreografías y pasos, sino con protagonistas que se aproximan a las cosas desde la idiosincrasia del personaje, sin miedo de mostrar sus voces temblorosas o su falta de técnica a la hora de bailar. Eso es, precisamente, lo que los convierte en figuras terrenales, imperfectas y empáticas. De ésta manera, toda la película es una apuesta a la naturalidad incluso en el artificio.

Pero si apuntamos a lo real, y la moda ya superó a la magia, los sueños y la ilusión; ¿cómo se conjuga eso con el género musical que, casi por denominador común, debe terminar con un número semi-fantasioso de gente contenta bailando y riendo? La película juega, justamente, con esa dicotomía.

Los Ángeles, la ciudad de las estrellas y de las tetas de silicona; el epicentro del cine y de los terrenos hiper contaminantes; los sueños cumplidos y lo que dejamos atrás por ellos. Es la historia de dos artistas que procuran vivir de su arte en una ciudad que rompe más sueños de los que cumple. La historia de ese choque entre fantasía y realidad, tanto para el espectador como para los personajes.

Porque aunque esta vez tenga forma de comedia musical y venga con la cara de Ryan Gosling, el director tiene poco de naif y eso ya lo vimos en Whiplash. La La Land, en el fondo, podría ser la radiografía de toda una generación competitiva que busca a toda costa su realización personal. Una mirada cruda sobre cómo la ciudad de los sueños cambió la manera de soñar, donde ahora triunfar es hacerse famoso, y hay que sacrificarlo todo para conseguirlo.

All we’re looking for is love from someone else. Eso cantan. Pero ese someone else, ¿podría también ser el público?

Escuché a varios criticando ésta idea del éxito que se plantea la película. Pero, en mi opinión, no tiene que ver con una crítica hacia personajes ambiciosos y egoístas, sino hacia una industria que busca y promueve esto. Y acá vuelvo a la idea de lo real que es el top trending del cine moderno: es muy difícil -por no decir imposible- vivir del propio arte. Algo que pasa en la mayoría -por no decir todas- las profesiones, pero en el mundo del arte se polariza. A medida que uno se va especializando, se da cuenta que los trabajos que mejor se pagan son los menos interesantes. Que en los proyectos más artísticos directamente no hay plata. Y que para poder hacerlos, necesitamos otro, menos interesante, con menos vuelo, que nos permita disfrutar de poder hacer después nuestros favoritos con tranquilidad.

A veces la gente se opone frente a estas elecciones. Sobre todo cuando uno las toma sin cuestionarse los sacrificios que conllevan. La ambición contra el corazón. El arte contra el amor. La realidad contra los sueños. Es algo que suele pasar. Lo de no cuestionarse, lo de ser ambicioso, que mute la idea de quiénes somos, qué queremos y hacia dónde vamos. La gente cambia.

A mí el final de la película me hizo pensar mucho en la historia con mi ex. Que también se llama Sebastián, aunque eso sea pura coincidencia. Mi Sebastián no fue el amor de mi vida, pero sí simbolizó el amor de muchas maneras. Me acuerdo que una tarde, durante el primer año de noviazgo, hablando de la vida, de su familia y de sus elecciones, noté que él no estaba siendo feliz con ellas. Con la carrera que estaba eligiendo, con el mandato que intentaba cumplir. Se lo dije, y le prometí acompañarlo en sus cambios. Buscamos carreras acorde a sus gustos. Lo vi amando a sus plantas y googleé desde casa los planes de estudios de las diferentes carreras de la Facultad de Agronomía. Viajamos, nos fuimos al sur, conocimos a unos viejos amigos de mi mamá con unas plantaciones increíbles que formaban laberintos. Nos acompañamos mientras el amor crecía en los campos de frambuesas y él me ayudaba a mí a pensar qué haría ahora que terminaba el secundario. Fue mi aliado durante el par de años que pasé casi sin amigos, alejándome lentamente de mis compañeros de colegio con los que ya no compartía mucho. Buscando un grupo nuevo, uno de esos donde uno siente que pertenece. Durante ese tiempo yo sólo pertenecí con él.

Nos ayudamos hasta que él se quiso ir a vivir al sur con esa familia. A hacer el posgrado de la carrera que habíamos elegido juntos. Hasta que yo enfrenté y me animé a empezar las clases de teatro, y encontré grupos de pertenencia que me abrazaron más fuerte que él.

No éramos el uno para el otro. Nuestras vidas no estaban diseñadas en caminos paralelos, y el amor para nosotros fue entender eso. Quizás si él seguía estudiando administración y yo no me animaba a arrancar las clases hoy seguiríamos juntos, y capáz hasta habríamos cumplido los sueños que nos imaginábamos de adolescentes. Y aunque en su momento sonó egoísta cuando hablamos de separarnos, hoy entiendo que no lo fue. Que el deseo de la felicidad propia fue también el de la mutua. El de poder reencontrarnos hoy y sonreírnos y extrañarnos y mirarnos con nostalgia; pero sobre todo agradecernos por habernos acercado a lo que somos.

La La Land me recordó que el amor es eso. Y que por eso también es triste aunque sonriamos y duela y lo extrañemos. Acompañar, dejar libre, preguntarse qué será y qué hubiera sido. Amar al otro y amarse a uno mismo. Y ayudarse a no traicionarse; como cuando ella le recuerda que su sueño era otro, como cuando él le dice tenés que irte a París, nosotros después vemos. Quizás por eso sea el musical menos musical, la comedia menos comedia y la romántica menos romántica. Porque, como la vida, no es lo que uno imagina, no es lo que uno espera.

Ahora el musical amargo rompió récords con sus nominaciones a los Oscars. Incluso con las yuxtaposiciones implícitas donde podría leerse que critica al cine, a la industria y a sus enseñanzas.

A mí me gusta pensar que Damien Chazelle es el Sebastian de alguien. Alguien a quien no pudo darle mucha bola por encerrarse a analizar obsesivamente los musicales de los 50, y con quien se peleaban criticando el éxito de las películas taquilleras. Alguien que en su momento quizás odió tener que dejarle espacio porque lo quería abrazar y acompañar más de lo que necesitaba; pero que hoy lo mira con una sonrisa llena de nostalgia en la pantalla de un cine, recordando su historia, agradeciendo estatuillas, y sabiendo que se hicieron un bien, que hoy cada uno está donde tiene que estar.

Manuela Martinez
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