Revista Palta | DE CÓMO LOS VIVOS CARGAN CON LOS MUERTOS
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DE CÓMO LOS VIVOS CARGAN CON LOS MUERTOS

Los espirales y televisores en la vereda, cuando el bochorno que trae el verano nos saca para afuera como lagartos de sangre caliente, y la sinrazón que me impide imaginar la infancia en las ciudades grandes: la siesta, la quietud del día interminable y esa vida tan llena de misterios y libertad que nos dio Entre Ríos.

El desapego es una manera de querernos pega fuerte en la nostalgia de los pueblos. Villa Elisa, San José, Villaguay, son escenarios donde los cuentos hincan la fuerza de su realismo mágico. Empecé el libro y fue como encontrarme con una novia a la que amé mucho, hace mucho tiempo. Los personajes son gente muy cercana. A mi familia, a mis amigos, a mí: Selva deja constancia, el testimonio colorido de una tierra de raigambre. Una prueba irrefutable de que a 300 kilómetros de Capital coexiste un mundo donde el sociolecto, la jerga, las creencias y los miedos son distintos, traducibles sólo en el contexto purificado de la literatura.

La muerte es el disparador común. Yo sentí que no leía cómo la gente se moría, sino un parte de guerra que relata cómo los vivos cargan con los muertos. Pequeños simulacros de supervivencia cuando el tiempo corrompe las cosas, los seres queridos. Cuesta creer que es así; que la muerte, algo tan simple como eso, sea una nota discordante que altera el contínum de su alrededor.

Lo más hermoso es que todos nosotros, seamos o no de provincia, convivimos en las historias, nuestra vida entera puede estar metida en esas hojas; un reflejo que, aunque entretenido, es suave como una piedra esmeril. Nos habla y alecciona, susurra que la vida es esto. La imperfección de las relaciones, la imposibilidad de una infinita armonía: la existencia en su forma más entretenida.

Me di cuenta que no quiero crecer —ahora más que nunca— trazando un plan de escape. Quiero que mi existencia sea como es, como la misma vida de estos personajes; nostálgica, irrecuperable, permeable ante el dolor, compartida en familia. Porque volqué del todo; como el Willy, que quedó callado «como si las horas que pasó con su gente lo hubiesen devuelto a la melancolía propia de los suyos, como si fuera de nuevo uno de ellos, o, mejor dicho, se hubiese dado cuenta de que nunca dejó de serlo».

Y yo, de las horas que pasé con mi gente dentro los cuentos, salí sensible. El Willy soy yo. El pueblo soy yo. Y yo soy lo que el pueblo hizo de mí, un pibe que entrenó su desapego como una forma de vivir, de querer y de escribir a la distancia.

Nicolás Fernández Ramos
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