Revista Palta | ¿CUPO LABORAL TRANS?
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¿CUPO LABORAL TRANS?

A Diana Zurco la conocí en una charla sobre medios digitales feministas en ISER. La escuché emocionarse y me emocioné con ella, feliz de estar en el mismo lugar donde se formó, esta vez como parte de un panel. Diana es locutora, trabaja de lo que ama, ama lo que hace y se reconoce como una afortunada.

Vanesa Cufré es de Córdoba y vive en Buenos Aires, es militante por la promoción de los derechos de las personas trans y travestis, estudia Comunicación Social y tiene un trabajo estable. Di con ella en una charla organizada la organización por el Cupo laboral trans en la UNLP el año pasado; me hubiera encantado que escribiera el prólogo de mi tesis pero corríamos a contrarreloj.

Lara María Bertolini es activista trans, miembro de la Colectiva Lohana Berkins, modista de alta costura, trabajadora judicial y estudiante de Derecho. Este año está dando un curso de fenomenología de feminidades trans en el bachillerato Mocha Celis.  

Ellxs tres tienen un punto en común: son la excepción a la regla.

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María Eugenia Vidal podría hacer historia logrando la reglamentación de la Ley Nº 14.783 de cupo laboral trans pero desaprovecha la oportunidad. Tiene a disposición una ley de vanguardia a nivel mundial -cuyo decreto de promulgación firmó el ex gobernador Daniel Scioli en octubre de 2015- que busca mejorar las condiciones de vida de la comunidad trans y travesti con su inserción en el mundo laboral estatal. Pero su decisión ha sido frenar su implementación.

Cuando di con la nota de Página/12 en la que el periodista Franco Torchia confirma que Vidal no tiene intención de aplicar la ley me demostré ser más incrédula de lo que pensaba, por lo que me pregunto y me repregunto: ¿qué esperaba? ¿que un gobierno conservador y neoliberal se preocupara por la inclusión de las minorías?

Es evidente que los ideales e intereses de la gobernadora de la provincia de Buenos Aires caminan por una vereda y los de las personas y organismos que pensaron y encararon esta ley van por otra, ¿cómo pude pensar que podían encontrarse? ¿cómo le hice lugar al optimismo?

La ley es más conocida como Ley Amancay Diana Sacayán en honor su autora e impulsora, la militante y activista travesti, líder de MAL (Movimiento Antidiscriminatorio de Liberación) brutalmente asesinada a puñaladas un mes después de su sanción. Y su texto establece que “la obligatoriedad de ocupar en una proporción no inferior al 1% de su personal a personas travestis, transexuales y transgénero que reúnan las condiciones de idoneidad para el cargo y establecer reservas de puestos de trabajo a ser exclusivamente ocupados por ellas, con el fin de promover la igualdad real de oportunidades en el empleo público”.

Cuando se lanzó el proyecto recuerdo que Jorge Lanata opinó que establecer reservas de laburo para ser ocupadas exclusivamente por los transexuales (sic) le parecía un razonamiento completamente imbécil porque así habría que contratar a unos 400 mil transexuales y el número, básicamente, no cerraba: “no hay tantos”.

Antes de que Jorge piense en acusarnos de querer iniciar una invasión trans a las oficinas estatales, aclaremos que el cálculo es otro: en 2016 lxs empleadxs públicxs bonaerenses eran cerca de 600 mil. Así, no serían más de 2000 quienes logren ingresar al sistema laboral con la reglamentación de esta legislación.

Quizás tampoco debería extrañarme el inocente mal cálculo de Lanata porque lo cierto es que cuantificar los datos de la comunidad trans hoy no es una urgencia política y casi no hay números oficiales al respecto. De hecho, la madre del primer censo travesti fue Lohana Berkins, que recorrió las calles y los hospitales públicos de Buenos Aires y conversó con 302 travestis hasta que recién en 2006 pudo materializar su trabajo en un libro: La gesta del nombre propio.

Diez años más tarde, el Ministerio Público de la Defensa de CABA a través del programa de Género y Diversidad Sexual y en conjunto con el Bachillerato popular Mocha Celis encararon una segunda investigación que se llamó La revolución de las mariposas. Dieron voz a 235 personas trans residentes de la ciudad de Buenos Aires: 202 mujeres trans y travestis y 33 varones trans.

De otra manera no nos constaría: apenas el 9% de lxs mujeres trans y travestis encuestadxs dijo tener un trabajo formal -es decir unas 18 personas-, el 15% realizar tareas informales precarias, y el 3,6% vivir de beneficios de políticas públicas. El resto, unas 141 personas -más del 70%- tiene como fuente de ingreso a la prostitución. Además de que más de la mitad dijo nunca haber tenido acceso al trabajo.

“Con que una sola compañera acceda a un trabajo, para nosotras ya es un gran triunfo porque todos los días estamos enterrando compañeras. Es una deuda que el Estado tiene con nosotras por haber sido cómplice de que tengamos una expectativa de vida de 35 años”, denuncia Florencia Guimaraes, militante feminista, travesti y fotógrafa.

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El año pasado, en un encuentro de mujeres trans, Estefanía, asistente social, contó que una colega le propuso participar de una ponencia en un Congreso de Trabajo Social. Ella aceptó encantada y quedó a la espera de la respuesta del resto de los integrantes: todos varones.

El veredicto del jurado fue inflexible: se negaron a compartir el espacio con ella. Estefanía nos miró una por una a quienes la escuchábamos y antes de sentarse, harta, dijo: “ese es el interés que tienen por nosotras, las travestis”.

Que Lizzy Tagliani pueda hacer chistes en el prime time, o que Flor de la V encabece la marquesina de una obra de teatro no significa que las personas trans y travestis tengan acceso al trabajo. Es importante que asumamos estos casos como lo que son: excepciones. La mayoría de las personas TTT se encuentran excluidas del sistema educativo, del sistema de salud y del mundo laboral. Es momento de hacer historia y exigir la implementación de la ley Diana Sacayán para dejar de celebrar excepciones y, de una vez por todas, cambiar la regla.

Ana Carrozzo
Ana Carrozzo
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