Revista Palta | “CUMPLIR” COMO UNA FORMA DE DECIR TE QUIERO
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“CUMPLIR” COMO UNA FORMA DE DECIR TE QUIERO

“Cuando yo nací ella ya era grande”. Siempre me repito eso. Pero la realidad es que mis otros abuelos también eran grandes.

Ricardo murió cuando yo tenía siete y sólo me acuerdo de llorarlo. Nada más. Lo lloré mucho en un sillón blanco largo que había en la casa de mi papá. De mas grande vi una foto suya y me di cuenta que me había olvidado de su cara.

De Blanca me acuerdo poco. Se peinaba con el pelo batido hacia atrás, incluso cuando ya le quedaba poco pelo y era como si el jopo flotara sobre su cabeza. Mientras todos los grandes hablaban, no de cosas inentendibles pero sí aburridas, yo me entretenía con su peinado. Lo miraba un rato largo y después intentaba tocarlo, aplastarlo, meterle algo adentro. Por curiosidad nomás. Ella en algún momento me hacía saber que se había dado cuenta con un gesto delicado de su mano izquierda y yo me corría. Era suficiente. Cuando la lloré estaba mitad obsesionada mitad enamorada de una amiga del colegio, y lo exageré un poco porque me gustaba la forma en la que me consolaba.

Kuka y Goyo vivían en Córdoba, con mamá los íbamos a visitar cada tanto. Me acuerdo de la casa, de los vecinos, de las sillas plegables en la vereda, de las siestas obligadas. De la sopa a las 12 del mediodía y del ruido que hacía mi abuelo cuando la tomaba con cuchara.

Vinieron a vivir a Buenos Aires cuando se pusieron más grandes e inestables. Goyo vino a un geriátrico y Kuka a un departamento cerca del nuestro.

Mamá siempre me dijo que ella era tremenda. Me contaba historias feas, donde Kuka era violenta y poco comprensiva. Goyo en cambio, en los recuerdos de mamá, era más comprensivo con ella y la acompañaba. Se había quedado sordo de un oído trabajando en las minas, y yo siempre trataba de hablarle del lado correcto; a veces me confundía. Todos dicen que era muy buen tipo. A mi esos recuerdos se me trasladaron, algo así como una herencia. Era diabético y me acuerdo de verlo sentado, resignado su rutina, cuando las enfermeras se acercaban impunes a pincharle la yema de los dedos con una aguja. Yo pensaba en los médicos y los bebés y las vacunas. Ahí por lo menos pretendían que les importaba, que les daba algo de pena el llanto del bebé. Pero mi abuelo decía “ay!” y parecía que nadie lo escuchara.

Con Kuka era distinto. Yo me sentía abrumada. Las manos de mi abuelo eran sutiles, las suyas violentas. Su boca siempre estaba pintada con labial rojo que se salía de los bordes, y tenía pegado con saliva polvo de pastillas Tic Tac seco en las comisuras. Yo trataba de darle besos sin tocarla mucho para no pintarme, pero siempre se acercaba mi mamá al rato y me decía, como si fuera algo gracioso, “la abuela te dejó todo marcado, pará” y me lo limpiaba poniendo más saliva sobre su dedo gordo.

Nunca sabía de qué hablarle. Me acuerdo en los almuerzos familiares que cuando mamá se iba al baño me pedía que le sacara charla, que sino se perdía, se entristecía. Ya estaba muy grande y no podía seguir las conversaciones grupales. A mí el tiempo se me hacía eterno, hacía un esfuerzo, le preguntaba algo pero su respuestas eran monosílabos o críticas. Y cada vez que mamá volvía del baño y yo estaba en silencio me inundaba una culpa tremenda. Una vez la llamé por teléfono para pedirle la receta de un bizcochuelo que le hacía a mis hermanas cuando eran chicas. Me sentí como si hubiese hecho algo bien, como que la estaba queriendo de la manera correcta. Como si hubiese donado ropa a los inundados, o útiles para una escuelita en Chaco.

La abuela siempre tiene olor a pis y me pregunta cómo vengo de amores. Me sigue preguntando por mi ex cada vez que la veo. Me lo repite cada cinco minutos y agrega “ah no sé, a mi alguien me dijo que se estaban arreglando… por eso” porque piensa que es que no le quiero contar. Sé que a mamá le gustaría que yo la quiera más, y no es que no, pero a mi me gustaría quererla como ella quiere. Un poco más y de una forma más sincera. Me pide que le regale cosas y que la vaya a visitar. Yo la entiendo porque con mi ex yo hacía lo mismo. Le pedía que tuviera gestos con mi familia, que llevara un postre o una bebida al almuerzo. Que le regale algo a mi hermana para el cumpleaños, o a papá para Navidad.

Yo igual intento. No sé bien qué. Mientras mamá “cumple” con la abuela, yo intento cumplir con mamá. Pero pienso que en realidad estamos todos tratando de estar bien con nosotros mismos, con nuestro ego. Con lo que nos dicen que tenemos que o deberíamos hacer. Entonces me aprendí temas de conversación que puedo repetir en cada visita. Le pregunto cómo conoció al abuelo, o dónde piensa que está. Le llevo esmaltes y le pongo los ruleros. Pretendo no sentir el olor a pis. Le hablo más fuerte y le respondo a todo como si fuese la primera vez que se lo estoy contando. Cumplo, soy formal. Igual que los médicos cuando el bebé llora y levantan la vista a la madre, juntan las cejas y dicen: “pobrecito”.

Manuela Martinez
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