Revista Palta | ¿CUÁNTO CUESTA MORIR?
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¿CUÁNTO CUESTA MORIR?

Iair Said se despoja de todo el juicio moral y ético que se puede hacer entorno a lo que lo impulsa a reactivar su relación con Flora: un departamento. El director no pone de manifiesto si el documental es también parte de los intereses que rodean a su relación con su tía abuela o no. Queda a libre interpretación si este material es un homenaje o si es parte de un plan para sacar rédito de su histriónica pariente. O si, al contrario, su propia narración es una forma de correrse de la protagonista de su relato: Flora, una vieja de la cole que se está muriendo.

La protagonista de Flora no es un canto a la vida me recordó a mi abuela. Lloré un montón cuando terminé de ver el documental, me quedé con ganas de saber más de ella, de cruzármela en la calle y saludarla. Algo así como me pasó con mi abuela, que por culpa de su alzheimer no tuve la oportunidad de ampliar los márgenes con los que tracé su personalidad. Ella, mi abuela, llegó  a Latinoamérica desde algún pueblo de Europa del Este y perdió a gran parte de su familia en la Segunda Guerra Mundial. Ni siquiera sabemos exactamente de dónde viene: su partida de nacimiento la quemaron y no se sabe cuál era su barrio en Varsovia. “Si venimos de Polonia o de Bielorrusa, nunca lo sabremos”, me sigue repitiendo mi vieja, mi único ancla a esa historia incompleta.

Al igual que Flora, a mi abuela le gustaba “dar con las manos calentitas”. Eso implicaba un montón de regalos que a mis ocho años no me servían. Además de zapatos y carteras, yo coleccionaba velas, portarretratos y decoraciones para el hogar que me compraba en el Todo por 2 pesos de su cuadra. A mi mamá eso le molestaba, peleaba para que no me malcriara y construyera un “monstruo materialista”. Años después, a mi abuela la internaron en un geriátrico y mi mamá se peleó con mi tío por guita.

¿Qué pasa con todo lo material que nos une a quienes llamamos familia? ¿cuánto nos vinculamos a partir del dinero, los regalos, las posesiones? La herencia y los problemas de dinero circundan alrededor de los vínculos de una manera silenciosa pero letal. Y este es el antagonista invisible de Flora. En nombre del dinero y de sus “bendiciones” conocimos historias de lazos rotos, silencios, peleas, intereses, mezquindad, paranoia, guerras. ¿Qué pasa cuando a esa misma pulsión de poder la usamos para reivindicar la memoria de un pariente con mala fama?

No sé quién era Flora ni cómo habrá sido en sus años más plenos. El registro que tengo es el que capturó su sobrino nieto en sus últimos años de vida y está filtrado por su punto de vista. Pero Flora rompe con todos los cánones de lo esperado: es una mujer muy mayor que vive sola, que no armó una vida en pareja ni tuvo hijxs. Un montón para esta sociedad y con el agravante de género y de su generación. Ni siquiera cuadra con el estereotipo típico de la “vieja de mierda”: Flora zigzaguea entre la queja, la lástima, el humor y la dulzura, y conserva una lucidez que se refleja en comentarios que hace en los momentos que comparte con Adriana, su sobrina, y su sobrino nieto.

“No voy a leer El Código Da Vinci, es una porquería”, le dice Flora a Adriana. Es que no, Flora no es una vieja dispuesta a masticar con pochoclos el tiempo que le queda. Según el relato de Iair, y algunos dichos en los que ella deja explícita su relación con la vida, Flora parece haber nacido queriéndose morir. Señalada por Adriana como una mujer oscura y negativa -con quien se peleó durante doce años por desconfianzas monetarias- yo veo en Flora una mujer que se hace, o se hizo, preguntas. Y creo que ese existencialismo que la atraviesa lo pudo haber tenido cuando era una piba como yo. Flora, en algún punto, no me hace pensar sólo en mi abuela sino a lo que puede pasar en mi propia vejez. ¿Y si “quedo” sola en esta “sociedad podrida”?

La jugada de Iair de reencontrarse con su tía abuela para ser el heredero de su departamento se pierde pronto. El conflicto se pone sobre el documental cuando Flora firma que quiere donar todo su patrimonio a un Instituto de investigación de Israel. Ella -quien también juzga a Iair por no ser propietario con tan solo 24 años- le explica que esta donación es una promesa que se hizo, en nombre de sus padres, madres y abuelxs. Su decisión, aunque guiada por las cábalas, me parece noble.

Flora dice que el amor no mueve al mundo sino el dinero, tocando su bolsillo, guiñando un ojo, fumando el pucho hasta el final, regalando cosas sin sentido y hablando con el encargado del edificio en un tono comprador. No me quedo con ella vinculándose con sus únicos afectos desde lo material. Me quedo con ella como una mujer que, en su último tiempo y sin saberlo, prolongó su existencia hacia la eternidad como protagonista de un documental que la tiene para siempre y en primer plano. Con marcas, arrugas, la postura encorvadísima y una historia para contar.

No terminan de importar las ambiciones ni deseos del director: está claro que su decisión fue dar a conocer a su tía. Una mujer mayor que representa a una colectividad, a una forma de pensar de quienes recién llegaron a esta cultura, al apego por lo material; y también a un momento de la vida tan lleno de misterios, del que tan poco se habla y que tan incómodo parece. Pero Flora acá habla. Dice que quiere matarse, sale a comer filet de merluza, regala sus recuerdos y se queja del dolor. Y mientras Flora se va rompiendo, se rompe la idea de que la muerte es indeseable y se rompe el mito de las posesiones. Quizás sólo nos dé miedo la muerte por todo lo que perdemos. Quizás por ese mismo miedo nos atamos a vínculos falsos, incompletos, cosas. Quizás, como Flora, es mejor no tener a nadie que perder.  

 

Maru Labat
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