Revista Palta | CUANDO TE TOCA SER JOEY
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CUANDO TE TOCA SER JOEY

Voy a la oficina en subte, Línea B: Rosas a Carlos Pellegrini. A veces voy sola, a veces con Pau, mi roomate y compañera de laburo y, seguro, unas 3 veces por semana con Pau y Nico, su novio de hace unos meses. Su novio de Happn. Su novio a secas porque después de 4 meses lo de Happn se cae por el peso de la relación y del tiempo. Si fuera Gerente de Marketing de las redes sociales del amor, los usaría como modelos, los explotaría como aspiracional máximo para los que buscan arrumacos además de sexo. Porque existen y ellos serían buenos embajadores. Puede que Happn este socialmente mejor posicionado que Tinder, no sé quizás porque vino después y el horror se nos pasó. En definitiva, son la esperanza de los que van a buscar ahí, a esa usina de propuestas sexuales, un mimo que dure.

Él se queda 3 o 4 veces por semana a dormir en casa, cenamos los tres, nos levantamos y encaramos el subte, a cuatro cuadras de casa. Tres veces por semana ellos son Mónica y Chandler y yo, su Joey. Como salimos de una estación cabecera, siempre hay lugar y buena frecuencia. Es posible procurar un mínimo confort para la media hora de viaje. En realidad viajar sentados todos los días es un privilegio, hay una sensación de lo VIP cuando se va llenando y los lugares cotizan alto.

Espero que se sienten ellos primero para marcar el límite en el asiento largo y violeta de plush pegado, cada tanto marcado por manchas de chicle viejo que se hace parte de la tela. Un habitáculo de innumerable cantidad de mugres, migas y seres minúsculos entre los pelitos del asiento. “En los últimos años, ha ostentado el título de ser la línea más utilizada por los porteños”, dice Wikipedia sobre la línea B. El protocolo de ser un tercero (de ser un Joey), es procurar que la pareja nunca se separe, de no estar en el medio básicamente, sobre todo si el tercero no es lo suficiente amigo de los dos. Así que hago un poco de tiempo mientras me saco la campera hasta que se acomodan y me siento dejando a Pau en el medio.  Antes de que arranque, ella se tira sobre el pecho de Nico y él la abraza acariciándole el brazo por afuera. Bueno, hoy no vamos a hablar de a tres. Saco un libro y lo abro donde me quede: página 100, capítulo 10. Nada más acogedor para el TOC. Me entierro los auriculares y me pongo a leer con la cabeza para abajo. Si estuviese viendo la situación justo desde el asiento de enfrente sacaría sigilosamente, y con carpa, una foto para subir a instagram. Bien situacional, de esas que transmiten cotidianidad y vaya a saber que otro mensaje oculto que las hace rankear muy bien en cantidad de corazones, seguro por el oportunismo y la sensibilidad del fotógrafo. O capaz porque todos vimos esas escenas en el subte y somos un poco nostálgicos subterráneos. Pinta mucho el amor  y la lectura en tránsito. Algunos pasamos mucho tiempo ahí abajo. Yo, unos 360 minutos promedio por semana, que son 6 horas, que son como 3 siestas o un viaje de ida en bondi a la costa.

Levanto la cabeza después de lo que me parece una eternidad, pero no el tiempo suficiente para estar cerca y leo de refilón: estación Malabia. Siempre levanto la cabeza en esa estación, debe haber algo orgánico que lo sabe o algo esotérico que me dice que algún día random debería bajarme ahí  y ver qué pasa. Mejor no. Igual me gusta esa rutina inconsciente.

Pasa un vendedor de resaltadores y me pone en la rodilla un mix de 4 colores atados con una banda elástica. A veces son resaltadores, a veces es un biznikke de paquete grande, a veces pañuelos descartables, otras son stickers de felpita, contemporáneos de los papeles de carta.  Todo lo sostengo con equilibrio entrenado haciendo la tracción necesaria en las paradas. Podría ser una actitud de respeto, pero también es un poco mi falta de personalidad comercial para rechazar de antemano la imposición de la muestra. No sé, quizás algún día compre algo. Con los músicos y el titiritero de Luca Prodan, Charly y Pappo me pasa algo diferente porque siempre dejo algo en las gorras, aunque sepa sus rutinas y repitan sus perfos. El titiritero arranca con Mejor no hablar de ciertas cosas, pasa por Sucio y desprolijo y cierra con Demoliendo hoteles. Después hay un par de pibes que cantan, uno con guitarra, otro con unos tamborcitos y le entran fuerte a Vos sabes de Vicentico. Pero a ellos los veo los fines de semana, cuando hay más lugar para escenarios imaginarios y personas más dispuestas, mínimamente, a aplaudir.

No hablamos en todo el viaje y pingpongeo miradas entre el libro y mis vecinos temporales de enfrente, que miran sostenidamente el show de arrumacos que tengo al lado.

Por ahora, me entretengo con esto.

 

 

Por María Noel Pérez.

Colaboración
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