Revista Palta | CRECER Y ESCONDER LA SONRISA
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CRECER Y ESCONDER LA SONRISA

La vida de estos pibes toma la forma de una curva cerrada. En un momento ocurre un accidente y pasan por varios estados. Los silencios se alargan, todo se vuelve tenso, oscuro y violento porque a ellos y sus amigos la existencia los empieza a revolcar. Justo ahí, en el punto de transición entre la infancia y la adolescencia (cuando pensamos que dejamos de ser niños para siempre), en un pueblito que da pena, pese a lo hermoso del paisaje que lo compone.   

¿Cuándo termina la niñez? ¿Comienza en algún momento? ¿O es un estado? Madurar es un proceso. Pero —pienso— la niñez (no la infancia) es un estado que nos apropia en cualquier momento de nuestras vidas. Y esto es algo que experimenté con Eric y Tommy, los protagonistas de Hide Your Smiling Faces: la niñez y su doble filo, su doble condición de plenitud y extravío. Cada vez que miramos el mundo desde un ángulo distinto, cada miedo que nos paraliza, cada resto de inocencia que nos queda, cada pregunta nueva que nos surge, cada cosa que nos supera: ahí, en esencia, nos volvemos niños.

Sentí que esas personas, haciendo uso de la geografía, llegaban a la exploración de los propios límites. Entre construcciones en ruinas, sobre un puente monumental, en medio de un lago, dentro de un bosque mutante. Y cuando parecían agotar los modos del ocio, otra escena le seguía; más oscura, donde el peligro miraba de cerca.     

Mientras tanto, una tarde cerrándose. El sonido agudo de los mosquitos sobre las orejas. La libertad que se hacía total cuanto más lejos estábamos. Las bicis embarradas, únicas testigos de nuestro vínculo: mi hermano y yo, en la parte selvática del pueblo, donde se pierde la costanera y San José se une con Colón en su punto más cercano, al borde de un cauce pequeño del Uruguay. Todo como una imagen superpuesta.

En el primer tomo de Los diarios de Emilio Renzi, Ricardo Piglia (o Emilio Renzi) dice que lo maravilloso de la infancia es que todo es real. En respuesta, anoté al lado con lápiz: «Sí, pero todo es otra cosa». Porque en ese momento de la existencia nada es realmente como es. Las percepciones cambian, uno cree que las cosas son más fáciles o más difíciles de lo que realmente son. Los miedos pasan por otro lado, somos irracionales con las cosas que nos asustan. Y las que deberían asustarnos no lo hacen: en esta película uno de los pibes saca un arma y a pesar de la tensión los amigos no parecen sorprendidos.

Con mi hermano y mis amigos nadábamos en la crecida del Uruguay cuando llegaba hasta los barrios bajos, entre postes de luz de alto voltaje con el agua hasta la mitad, y cercos de alambres de púas y zanjas gigantes con las que podíamos salir lastimados o desaparecer para siempre, hundidos en un pozo ciego. Pero ¿qué era el miedo? En vez de eso, como dije una vez, teníamos la inconsciencia de nuestro lado. Y ese es el doble filo de «plenitud y extravío» que estos chicos encarnan.

La infancia como una vida en extremos. La vida como una aventura sin términos medios.

Nicolás Fernández Ramos
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