Revista Palta | CONFIESA QUE HA VIOLADO
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CONFIESA QUE HA VIOLADO

En mi imaginario adolescente un poeta era todo lo opuesto a un macho. La habilidad de escribir versos, para mí, suponía cierta sensibilidad, lágrimas, y un perfil bajo. Un chico de los que se quedan callados en las fiestas y que prestan atención a los detalles. Obsesivo pero sencillo, con aspiraciones revolucionarias y algo anarquistas. Con un poco de tabaco suelto en el bolsillo, billetes arrugados y un lápiz de no más de cinco centímetros.

Con los años entendí que el machismo también puede ser poesía y que estos chicos sensibles (de los que yo deseaba profundamente enamorarme) formaron su idea del amor en torno a la lírica romántica de autores consagrados que no sabían amar. Quizás por eso me rompieron el corazón. Los chicos sensibles, digo. Los poetas también.

Si tengo que hablar de poemas de amor emblemáticos y universales, no puedo pasar por alto la obra de Pablo Neruda. 20 poemas de amor y una canción desesperada fue el primer libro de poesía que estudié y analicé punto por punto con un nivel de detalle que, a mis 14 años, creía insuperable. Hoy me doy cuenta de que hay varios puntos que mi profesora pasó por alto.

Me la acuerdo leyendo en voz alta estos versos emblemáticos e incitándonos a las chicas a enamorarnos de su autor, de las ganas que yo tenía y de la fuerza que hice para sentir ese amor; y de Fausto, el canchero del curso, interrumpiéndola para cuestionarla: “¿en serio te enamorarías de alguien que te hable así?”. Sé que sólo estaba capangueando, -de hecho remató su chiste con un “mejor que uno que te cante un reguetón”-, pero tenía razón: ¿en serio teníamos que enamorarnos de alguien que nos dice “para tu libertad bastan mis alas”?

Si pudiera rehacer el examen de literatura de ese año, haría un análisis distinto. Diría que cuando el narrador habla de su “amada” y la nombra por las partes de su cuerpo la está objetivizando, y que, si tenemos en cuenta el contexto socio-cultural del momento, a la hora de hablar de un hombre blanco heterosexual que domina un “espacio” de carne que se entrega, me parece más atinado analizar la misoginia que el recurso poético. Que tal objetivación se da también en relación al rol que ocupa la mujer en los poemas de Neruda, que es el mismo que el de cualquier otro objeto poético: una excusa para crear poesía. Una musa, un cuerpo inanimado, mudo, silencioso y distante; que el yo poético -masculino, claro- tiene que “encender”, “pensar” y “recordar”. Quizás parte de esta cosificación se ilustre mejor en el Poema 15, donde se la descubre muda pero no sorda. El pasaje es conflictivo porque plantea un problema de comunicación: la complejidad intelectual del mensaje frente a la incomprensión de la dama. El narrador emite mensajes y ella permanece en silencio, pasiva, como si no entendiera: “mi voz no te toca”. Sin embargo, vive para escuchar al poeta. Diría también que los versos “cuerpo de mujer / blanca colina / te pareces al mundo en tu actitud de entrega / mujer, mi cuerpo de labriego salvaje te socava / y hace saltar el hijo / del fondo de la tierra” son de un claro machismo lírico: una metáfora sobre el cuerpo de la mujer como un mero recipiente de maternidad y de placer. Y que también encuentro, en estos 20 poemas, otra metáfora en la que la mujer se ve representada no ya como un objeto, sino como un territorio: un “continente” inexplorado y virgen, cuyo conquistador -armado de “flechas”-, “socava”, “penetra” y “marca” con “cruces de fuego”. De nuevo, hablar de metáfora me parece insuficiente. Para concluir, diría que si la mujer en este libro es una “carne” que es poseída y luego perdida, y que tiene valor únicamente como un instrumento que supo satisfacer necesidades físicas, mientras que se encuentra ausente en tanto sujeto; hablar de “amada” es, por lo menos, confuso. Que quizás, los más famosos y emblemáticos poemas que dicen ser de amor, no hablen de amor sino de dominio, posesión y deseo.

Quizás es bueno que no haya hecho un análisis del estilo en su momento; quizás esta militancia que hoy me hace cuestionar a los autores que se me enseñan como indiscutibles, en su momento me habría impedido terminar el colegio. Probablemente hoy seguiría teniendo previas todas las materias del secundario por haberme puesto a contradecir profesores con análisis feministas que iban por fuera de la currícula. Pero realmente me indigna, sobre todo como egresada de un colegio “progre” en el que me incitaron a practicar una mirada crítica para con todo, que no hayan destinado ni una clase a la misoginia escondida en el poeta más venerado del siglo XX.

No hace falta analizar meticulosamente 20 poemas de amor y una canción desesperada de Neruda para conocer el machismo “escondido” en sus escritos. En Confieso que he vivido, sus memorias, el poeta confiesa y cuenta con sus propias palabras, que abusó de una empleada doméstica. Carla Moreno Saldías lo hace visible en su columna Confieso que he violado donde rescata y cita el pasaje en que Neruda confiesa: “Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos. Impasible. Hacía bien en despreciarme”.

Pablo Neruda es un templo. Asumo que si escribió “hacía bien en despreciarme”, es porque entendía que sus actos escondían cierta violencia; pero aún así no duda en publicarlos, casi con orgullo, como si fuesen parte de un comportamiento apenas moralmente incorrecto que le da cuerpo al personaje que elige construir de sí mismo. También sabía que nadie se atrevería a cuestionarlo, que la cultura lo amparaba. Que quizás hasta muchos hombres se vieran identificados en esas palabras, en ese sentir. Los machos siguen siendo impunes. El poder tiene ese no sé qué. El patriarcado también.

¿Cómo podemos esperar que alguien analice la pasividad femenina y el autoelogio del poder viril que se esconden en “quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos”, si seguimos perdonando que haya violado a su empleada doméstica? ¿Por qué permitimos que en las escuelas se sigan trabajando sus escritos como modelos literarios a venerar y se pase por alto el machismo que esconden? ¿Dónde estaban Alfonsina Storni, Virginia Woolf, Clarice Lispector, Chimamanda Ngozi Adichie, y Emily Dickinson cuando yo estaba en el colegio? ¿Por qué todavía no tienen algunas adolescentes las herramientas para contradecir a una profesora que las incite a enamorarse de un Neruda? ¿Por qué nadie les enseña que amor es otra cosa?

La violencia simbólica escondida en los poemas de Pablo Neruda y el rol que ocupa la mujer en estos escritos -amparados y consagrados por la cultura-; legitima todas las violencias que sufrimos, todavía, las mujeres. Entiendo que, hace unos años, la cultura no estuvo preparada para juzgar este material con un enfoque del estilo. También entiendo el valor de su prosa, íntima y vanguardista en muchos -otros- aspectos. Pero hoy sí tenemos las herramientas para hacerlo, y pienso que ahí está la clave si lo que queremos es un futuro con menos artistas violentos consagrados: dejemos de venerar, o por lo menos empecemos a cuestionar, a este hombre que objetivizaba a la mujer en nombre del amor. Miremos con ojos más críticos a esa y a todas las formas de hablar de amor que nos violenten.

Lejos de poetas sensibles, el mundo de la poesía sigue siendo una casa tomada por poetas hombres, un paraíso falocéntrico donde a la mujer la quieren musa y la temen artista. Aunque ellas, a fuerza de puño y letra, o del tecleos vertiginosos, reivindican su lugar y su talento con una voz que se vuelve cada vez más difícil de callar. En ellas yace la revolución. Ellas son la prueba de que para nuestra libertad no necesitamos las alas de nadie, y mucho menos las de un machista desesperado. Tenemos las propias.

Manuela Martinez
Manuela Martinez
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