Revista Palta | COMO YO PERO CON OTRO CUERO
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COMO YO PERO CON OTRO CUERO

Los hay frágiles y románticos; los que luchan a diario contra el torrente alucinante de boludos que en su mecánica perversa, como una purga, como un simulacro preventivo, los encierran en jaulas para loros hasta que los coman las pulgas o los atan en una esquinita húmeda del patio donde les tiran pedazos de huesos y arroz frío. Los hay inexpresivos, de mirada finita. Altivos. Soberbios. Macanudos.

El mío ya no me ve. Sus ojos, como dos ciruelas pasadas, redondas y opacas, me buscan la silueta en el contraste con la luz que traspasa las puertas, abiertas a la calle, al patio, hacia la luz que lo guía por la casa. Mi vieja dice que lo hace para ventilar, pero a mí me gusta creer que lo hace para que el Coqui, cieguito y viejo no se choque los muebles ni nos llene las rodillas de una baba torpe que se pega en las cosas.

Tampoco me escucha. El chascar de los dedos no le llega; apenas un grito de cerca le hace saber que estoy ahí, hablandolé, diciéndole tomá, vení, vamos, salí.

Cuando lo trajeron yo tenía doce años y era el bóxer más morrudo de todos. A partir de entonces, ese intruso momentáneo que rompía plantas y sillones pasó a ser el mayor tesoro de nuestra familia; la dóberman de mis abuelos acababa sufrir una muerte agónica; estaban melancólicos y llegaban con el termo bajo el brazo para terminar haciendo gestos de parodia, y mi abuelo, siempre tan recio, perdiendo esa elegancia cínica y tirándose al suelo para rascarle la panza al cachorro.

Empecé a comprender más tarde. Cada vez que me vuelvo a Capital lo saludo por encima, convenciéndome que no es la última, disfrazando la despedida con un gesto seco y sin gracia, igual que con las personas que amo: Empecé a comprender que no es un perro; es un hermano sucio, que no sabe hablar, que caga en cualquier parte del patio y tiene varios hijos en todo el barrio. Y es raro —tener un hermano viejito, digo—.

¿Por qué nacen después y se mueren antes? ¿Por qué duermen afuera? ¿Por qué los corren a patadas por la calle? Estoy seguro que el día que maduré fue el día que se me ocurrió pensar que había un apartheid canino. Ahí empecé a valorarlos, les cedí mi lugar en el mundo; me erguí en cuatro patas para que, si se animaban, me echasen de los lugares a mí, pegándome cortito con una escoba en las costillas: el perro es uno mismo con otro cuero. Son la unidad fraternal de las familias; las calles de noche; los adictos inseparables al hombre. Y el mío ya no me huele; es un ente que se cae, que come cuando se acuerda, que no sirve ni para ladrar. Busca a tientas el escalón entre una puerta y la galería y si no cae de lomo sigue con el envión hasta chocar contra la repetición cromática de los ladrillos de un paredón.

Nicolás Fernández Ramos
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