Revista Palta | COMO VÍRGENES SUICIDAS
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COMO VÍRGENES SUICIDAS

Nunca me sentí cómoda con la manera en la que solían hablar de mí cuando era adolescente. O cuando hablaban de la adolescencia en general. “Estás en edad de plena búsqueda”, “No parás de divertirte”, “Qué lindo estar tan enamorada”. Pero yo no me sentía buscando nada, estaba más bien a la deriva, necesitada, esperando que alguien se enamorara de mí y que me crecieran más las tetas. No sabía cómo explicar que la mayoría de las veces no me divertía en lo absoluto, y que tener sensaciones tan fuertes era emocionalmente agotador.

Emma Cline aparece para hacer otra lectura de esa edad en la que nunca me sentí del todo comprendida; y nos cuenta la historia de Evie, una chica de catorce años, segura financiera e insegura emocionalmente, que es persuadida por el clan de Russell (una especie de gurú, patriarca, galán y psicópata) justo en el momento en el que se siente perdida. Y qué fácil que es, en un momento así, sentir que te encuentran.

Me acuerdo de mirar a mi alrededor constantemente, a ver cuántas vidas posibles había y cuáles de esas eran acordes a mí. Me gustaba la de una chica de quinto, más grande que yo, que vendía bandanas en el colegio y se delineaba los ojos sólo por abajo. Empecé a imitarla y le compré una bandana intentando iniciar lo que, yo esperaba, terminase en una amistad de esas que duran y se reflejan en fotos de la otra en tus redes sociales. Estoy segura de que si me hubiese invitado a hacer algo, lo que fuera, lo hubiese hecho sin preguntármelo.

Igual que yo cuando decidí invertir toda mi mensualidad en las bandanas que vendía Lucía, Evie está dispuesta a lo que sea a cambio de ser querida, de ser mirada, muerta de ganas de ser parte de un colectivo, especialmente de uno que incluya a Suzanne: una de las chicas que responde a Russell.  

“Si Juancito te dice que te tires por la ventana, ¿vos lo hacés?” Mis maestras decían eso todo el tiempo. Una pregunta retórica, pero que ahora me vuelvo a hacer: ¿cuál es el instante en el que una chica como Evie (o como yo), navegando la idealización a un otro, cruza un límite y se vuelve capaz de cosas terribles? ¿Qué es lo que la lleva a hacerlo? Pienso que es una línea muy fina y que si no estás en un bote muy armado, cualquier ola puede volcarte.

Las chicas es una ficción basada en la matanza de Charles Manson y su clan; un caso icónico de la historia estadounidense. Pero el ojo no está puesto en la figura del psicópata perverso -éste es un personaje totalmente secundario-, sino en las chicas angelicales que lo acompañaban, quienes después de cometer un crimen brutal no perdieron la sonrisa en todo el juicio.

Lejos de tratar al tema como a una leyenda, y a las protagonistas como engendros inentendibles, Emma Cline se anima a lo más incómodo: las vuelve personajes cercanos y reconocibles, con quienes nos podemos identificar. Sin juzgarlas, las humaniza y nos lleva a preguntarnos: ¿fueron víctimas ellas también?

Evie podría ser una virgen suicida. En parte, llega a serlo: en la comuna hippie, de golpe, se vuelve adulta, y algo muere dentro suyo. Algo parecido a la inocencia.

Existe un momento, que funciona casi como un rito de iniciación a la edad adulta, donde las chicas nos encontramos con cómo el mundo trata a las mujeres e intentamos encajar en lo que creemos que nos corresponde. Desde Lolita de Nabokov hasta las teens de la pornografía, nos vemos representadas como objetos -y no sujetos- de nuestras propias historias: somos sexualizadas por la mirada masculina cuando nuestros deseos todavía siguen siendo tácitos. Cuando Evie empieza a notar el deseo que genera en algunos hombres mayores, se siente asustada y complacida al mismo tiempo, casi en partes iguales. Y es como aprender a usar una herramienta que es incómoda, que no siempre funciona, pero que pareciera ser todo lo que tenemos a mano.

“Pobre Sasha. Pobres chicas. El mundo las engorda con la promesa de amor. Cuánto lo necesitan, y qué poco recibirán jamás la mayoría de ellas. Las canciones pop empalagosas, los vestidos descritos en los catálogos con palabras como ‘atardecer’ y ‘París’. Y luego les arrebatan sus sueños con una fuerza violentísima; la mano tirando de los botones de los vaqueros, nadie mirando al hombre que le grita a su novia en el autobús.”

Una parte muy oscura y complicada de ser mujer, donde los límites se desdibujan al punto de nunca saber muy bien qué es lo que está pasando. Un tipo diferente de dolor, culpa y vergüenza que hace que muchas veces no entiendas si sos o no una víctima hasta después de que las cosas suceden. Que te llevan a agradecer la toalla después de que te acaben encima como un acto de amor irremediable.

Emma Cline retrata muy bien todos estos momentos donde nos abunda una sensación de incomprensión, incomodidad y humillación en el día a día frente a situaciones machistas y cotidianas. Situaciones en las que se manifiesta con claridad el peso de las diferencias culturales entre los hombres y las mujeres. Un feminismo que no nace de una inmersión en una teoría de género sino de la simple actividad de observar al mundo.

“Esperaba que alguien me dijese qué había de bueno en mí. Más tarde me pregunté si sería por eso por lo que había muchas más mujeres que hombres en el rancho. Todo el tiempo que había dedicado a prepararme, esos artículos que enseñaban que la vida no era más que una sala de espera hasta que alguien se fijara en ti… Los chicos habían dedicado ese tiempo a convertirse en ellos mismos”.

Al final, el rancho de Russell no es otra cosa que su propio patriarcado, donde se apropia de la ideología generosa de los años sesenta del amor libre para un uso egoísta. La mayor parte del libro transcurre en esa época y los pocos capítulos que suceden en la actualidad sirven, supongo, para resaltar lo poco que cambiaron las cosas para nosotras.

Las chicas es una novela con olor a sexo, a porro, a sangre, a transpiración y a basura descompuesta; que dilucida dos tragedias: un crimen terrible con una fecha puntual y memorable y otro, igual de aterrador, pero intertemporal, que se muestra más desdibujado. De repente, se vuelve imposible no preguntarse qué pasaría si estas chicas pudieran atrapar su propio poder.

Manuela Martinez
[email protected]