Revista Palta | COMO DESPUÉS DE UN ORGASMO
534
post-template-default,single,single-post,postid-534,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

COMO DESPUÉS DE UN ORGASMO

Una vez me dijeron que las experiencias artísticas nos modifican. A mí, hasta ahora, las experiencias que me habían modificado tenían intención de cambio. Quiero decir que yo salía con la sensación de haber entendido un montón de cosas, y de que ahora empezaba el momento de aplicarlas, de empezar a vivir o a pensar de otra manera. Ésta vez fue distinto. De la presentación del disco Constelaciones de Lisandro Aristimuño salí modificada, pero sin intención de cambiar nada: entendí que todo lo que pasa dentro mío está bien.

Lisandro propuso que nos sentáramos mirando las estrellas y que pensásemos en todos los que ya no están. En ese contexto le dio play a su disco nuevo. Listo, llanto inminente, pensé. Ahora me pone uno de sus temones emotivos y medio tristes, pienso en Romeo, en mi abuelo, o en cualquiera de los que extraño y en dos minutos estoy llorando como la primera vez que vi Titanic. Esa era una opción. La otra era hacerme la boluda, escuchar las canciones sin pensar mucho y esperar a que se termine. De verdad analicé las opciones, no por superficial, sino porque sentía que se venía una ola de emoción que podía acarrear cosas para las que no estaba lista y que me daban vergüenza.

Empezó (antes de que me decidiera por alguna opción) una mezcla de imágenes, música, estrellas, voces y pensamientos; todo superpuesto, un conjunto. Digo pensamientos porque entré en una especie de estado de trance: una serie de revelaciones tomó protagonismo y no me dejó prestarle atención a lo que había ido a escuchar. Me dije, primero, que tenía que parar de pensar tanto, que tenía que concentrarme para poder disfrutarlo bien; luché contra eso. Después entendí que la búsqueda no tenía que ver con que escuchásemos los arreglos o las melodías nuevas, sino con compartir una sensación, un estado. Con estar ahí, simplemente, abiertxs. Conectadxs, no con la crítica, sino con nosotrxs mismxs.

Así que terminé sin agarrar ninguno de los caminos que me había planteado, porque el pensar en los que se fueron no había sido una búsqueda obvia y efectista como las de las películas de Hollywood que apuntan al lagrimón; sino que tenía que ver con un entendimiento más profundo.

Pensé en el Rey León, en Spinetta y en mi abuela Blanca. Pensé en lo poco acostumbradxs que estamos a abrirnos a la reflexión individual, sin la necesidad de compartirlo con un otro. Pensé que todos los ojos que aparecían en Good Morning Life eran de gente que él quería. En cómo la galaxia puede verse entera en las cosas más chiquitas, como el interior de un ojo, de una flor, o de una célula. Que fue un trabajo hecho, sobre todo, con mucho amor. Que tuvo que ver con sensaciones y no con letras efectistas. Que quería volver a escuchar el disco cuando volviera a casa. Que es verdad que la gente se va al cielo y se vuelve cosmos; y que eso no está mal, ni es tan triste como lo pensamos. Que todos somos parte de lo mismo, y que somos lo mismo. Que cuánto más entendí ahora, que cuando fui al Planetario con la primaria.

Que está bien llorar, y está bien querer taparlo; que está bien que se muera la gente, está bien extrañarlxs, y está bien aprender a vivir sin ellxs. Que la clave para estar bien no está en la búsqueda de la felicidad o la clave del éxito, sino en la aceptación de los procesos, de las leyes del universo y, por sobre todo, la aceptación de nosotrxs mismxs.

No me fui cantando un estribillo pegadizo. Esta vez me volví en silencio, tranquila y sonriendo. Como cuando vuelvo de un viaje espectacular y no sé bien qué contar cuando preguntan cómo me fue. Como después de un orgasmo. Una pausa necesaria en un mundo tan ensordecedor y tan ciego como el nuestro. Un momento para respirar, para asimilar y para quedarse dentro del propio cuerpo. Y qué más le puedo pedir a la música, si no es la creación de un silencio.

Manuela Martinez
[email protected]