Revista Palta | COLECTIVO A ORIENTE
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COLECTIVO A ORIENTE

Por Juan Gabriel Miño.

Ana, Connie, Nicky & Sofi son nadadoras aunque nunca las veamos nadar, sólo lo sabemos porque ellas lo dicen. No es menor que sepamos lo que sepamos por lo que se nombra. Parece que la palabra condena. La palabra o el recuerdo, la mezcla entre lo que se dice o lo que se va decir y lo que realmente se dijo. Y quién sabe qué es la realidad y si la realidad no es solamente lo que llegamos a contar de lo que vivimos o lo que recordamos. Algo del recorte o la memoria, como una película mal revelada o la edición de un/a montajista súper interno del yo de cada unx. Un poco de todo esto es el trazo grueso de Nadadoras, una obra de Lucía Asurey.

Termina la función y quiero asociar, quiero ser rápido, quiero saber qué de mí resonó en ella. Y me acuerdo de ser chico, de tener cuatro, de ver la tele y no tener cable en casa. De ir a lo de mis abuelxs y poner The Big Channel para ver Sailor Moon. Las luces, las lunas, los vestiditos, Serena y todas las chicas me dejaban bizco. Droga para mi yo niño.

Llego a mi casa y hago Wikipedia de Sailor Moon, para entender en qué andan mis neuronas frente al recuerdo. Quiero saber por qué digo tal o cual cosa, me hago el racional. Tecleo Sailor Moon en Google y llego a la enciclopedia de mi generación y pienso que soy bastante pillo y que le di en la tecla -bastante redundante lo que digo, teclear y dar en la tecla-. Para mí, Nadadoras es un manga, de eso casi que puedo decir que no tengo dudas hasta que alguien me escriba un inbox y justifique lo contrario. Mi tío Wikipedia me explica que Sailor Moon, además, tenía la particularidad de pertenecer a la categoría mahō shōjo, que es un estilo de animé que tiene como protagonistas a adolescentes de sexo femenino. Bien, otro punto para mí. Sonido de baterías o serenata, un festejo de gol. Todo esto lo dice mi tío, el señor Wiki, yo no sé nada de japonés. Y mientras voy leyendo no dejo de pensar que éstas mujercitas creadas por Lucía Asurey, que habitan en el barrio de Villa Crespo, son totalmente un regimiento y limitan continuamente con el borde de la adolescencia del despilfarro o el estallido y la necesidad de defenderse entre ellas, por ellas y de ellas. Paréntesis, ¿quién iba decir que íbamos a ir de Villa Crespo a Japón en el 140? Gracias tercer mundo y magia teatral por hacer posible cualquier cosa.

Con la obra en la cabeza pienso en historias de Instagram. Me gusta. Me quita el peso del relato progresivo y con un supuesto desencadenamiento. Hoy en día, en lo personal, me interesa cero que algo se desencadene, hablo de la vida, me parece una idea utópica, tranquilizadora y efectista. Prefiero la constante y las variables. En esta ficción la cuestión arranca en un estado y la cuestión termina en ese mismo estado. Como si la acción estuviera estancada y el “drama” sucede por lo que no pasa.

Noto, también, cierta temática cíclica en el aire, la muerte se repite. Todas en algún momento hablan de morir o planean sus muertes. Nombran a algunxs fallecidxs y sus perfiles de Facebook, esos santuarios de la virtualidad. Esas “personas” que nunca vamos a eliminar de nuestros contactos. Y ahí me pregunto cuántos muertxs tengo en Facebook y saco la cuenta de que tengo como cuatro. Y pienso en Alexis, un amigo que muere híper joven y que una mañana, en el 2012, me entero por Facebook que ya no vive y lo lloro el día entero con impotencia, sin dejar de mirar lo que todxs le vamos posteando en el muro, videos, fotos antiguas y las frases típicas del exorcismo del dolor. Despedidas y recuerdos de una “vida” interactiva. Que ahí van a quedar. Inmortalizados o sacralizados en la red “social”. Nunca me voy a animar a eliminar un/a muertx.

Nadadoras es para mí como un flash de una cámara de fotos digital Panasonic, en la época en que todxs teníamos camaritas enormes guardadas en la mochila. También es, un poco, mi yo pequeño yendo a la Bond Street.  

Colaboración
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