Revista Palta | CHAPADO A LA FEMINISTA
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CHAPADO A LA FEMINISTA

«El Tico no sabía hacer asado. Los hacía la Ali». Aquella frase me llamó tanto la atención que la recuerdo en contexto y con su cadencia como torpe, porque me lo contó mi abuela con la boca llena de comida en unos de los almuerzos de mi infancia. Estábamos solos. Ella orgullosa de su madre, y yo de mi bisabuela.

La verdad es que en mi familia nunca noté los roles de género, mi padre y mi madre cocinaban, limpiaban y trabajaban por igual, pero empecé a darme cuenta de eso en las casas de mis amigxs, donde las cosas se daban de otra forma. Los papis permanecían sentados en la punta —siempre en la punta— y después de comer se levantaban hinchados a lo sapo directo a la cama. La siesta siempre fue de los hombres, de una otredad privilegiada. Las madres se quedaban lavando los platos y ordenando hasta el paroxismo [estúpido] en un rol que se les daba: el pretérito es porque hablo de mi infancia, pero todo se sigue dando más o menos del mismo modo.

No me voy a olvidar jamás esa vez que el Fiat 147 nos dejó a pata y mi vieja se tiró abajo con las mangas de la camisa hasta los codos. Mi viejo, agachado a sus pies, no entendía nada. Después ella salió con la cara con gotitas negras de barro y aceite y de cosas densas como el petróleo que le dieron aspecto de guerrera. Sentí que desconocía y admiraba aquella mujer; corajuda, deslindándose de todo prejuicio.

Con el correr del tiempo supe que a mi madre y sus hermanxs mi abuelo les había dado ese amparo neutral de una educación sin mandatos de género. Él era camionero, y su único hijo varón, el mayor, pudo ser bailarín cuando se le cantó la gana. Ahora pienso que el Tata era un adelantado, un tipo sabio que supo hacer de las suyas y dejar que sus hijxs hicieran. Lo que se decía un «macho» con miramientos.

Ya hace algún tiempo que lo que yo daba por normal resultó que no era tan así.

Anoche en una comilona dijo uno: «Estaría bueno para el feminismo que las minas sepan hacer asado», y yo primero pedí disculpas, la palabra, y hablé de la Ali. Y de mi vieja, y de mi tía la del medio que bien parejito dejó el revoque de las paredes de su pastelería de barrio. Más de un escéptico me habrá tomado por exagerado, pero yo conozco otras realidades y eso me satisface. Más tarde, mientras yo lavaba los platos, le dijeron a mi compañero de cuarto: «la tenés cortita a la de barba…», como si lavar los platos me convirtiera por ley natural en una mujer. Peor aún, como si lavar los platos me convirtiera por ley natural en una mujer sometida.

Aunque hubo contextos en los que sí pude ver una división de tipo genérica en mi familia. Una situación: lo llevo a mi viejo a jugar al fútbol 5; entre los diez hay una mujer. Después de un gesto incómodo, dice que le da cosa. Cuando ella tiene la pelota, él no marca, no cuerpea. Ella mete y pega, la pisa, la pide, se manda. Mi viejo se ríe y aplaude; entre incrédulo y derrotado se relaja. Después de todo no es un deporte de género, quiero creer que piensa. A la hora todo termina y nos vamos. Con la radio bajita en el auto, no dice nada. Yo me hago el distraído. Tengo ganas de recordarle lo del Fiat 147 y la cara de mi vieja cuando salió de abajo del auto y dijo «debe ser el conversor». Ninguno de nosotros sabe lo que es un conversor ni qué función cumple. Se lo quiero decir.

Pero me freno. Él no tiene por qué saberlo.

Nicolás Fernández Ramos
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