Revista Palta | CELMANIAC
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CELMANIAC

Un poste redondo, blanco, en el cual veo diez enchufes con diferentes marcas de aparatos que desconozco. De cada uno, un cable sale y conecta un celular con el poste. De distintos tamaños y colores, algunos colgando y otros haciendo equilibrio.

Sus dueños los miran fijo, nerviosos, y cada tanto se acercan a revisar un teléfono al que jamás se le prendieron las luces ni emitió sonido. Caro y yo estamos en el aeropuerto y el poste, que parece emitir magia, se lleva todos los ojos. Primero le pego una mirada rápida, pero a medida que el vuelo se atrasa, me aburro y comienzo a observar detenidamente: noto que, como buitres esperando su presa, cada vez que un enchufe se desocupa, cinco personas desesperadas se amontonan a su alrededor. El resto, los que amagaron a levantarse o que se dieron cuenta tarde, miran frustrados su aparato móvil con pantalla apagada, sufriendo cada barrita de batería que se agota. Todos le tiran miradas asesinas al afortunado que logró conectarlo quien, felizmente, observa su celular, orgulloso de su hazaña.

Me río de la situación, de ellos, que en vez de hablarse con sus compañeros de viaje prefieren rodear el poste esperando un lugarcito en el mundo de la tecnología, para conectarse y no comunicarse. Empiezo a contar las personas que miran endiablados al poste mágico: uno, dos, seis, diez, doce, y cuando llego al catorce noto que es mi amiga Caro, la veo con el cargador en la mano, las piernas dobladas, en una pose que bordea lo atlético, lista para salir disparada y enchufar su cuadradito whatsappero.

Tras unos minutos, su momento de gloria llega: a lo lejos, a tres postes de distancia, un lugar se desocupa y ella, con una agilidad que jamás le conocí, corre y lo conecta. Vuelve con mirada triunfante, aliviada, e ignorando de una manera olímpica y sonriente las vibras de odio que le tira el yankee de rojo sentado enfrente.

Y es ahí, mirándola, que freno a pensar en esta neurosis compulsiva que parece rodear al mundo, estos celulares que tienen tanta tecnología, pantalla táctil acá y allá, pero viven conectados a una pared cargándose. Y, cuando la batería da su aviso de alerta, la necesidad de tenerlo encendido parece pegarle una patada a los límites de la sensatez y hacemos lo que sea por mantenerlo prendido, olvidándonos de la realidad. Entonces, si los celulares nacen para conectarnos, ¿Por qué, lentamente, comenzamos a desconectarnos tanto?

Justo cuando abro la boca para plantear mi duda, creyéndome la filósofa del siglo, imaginando la apertura de un debate que nos hace olvidar las 2 horas que lleva atrasado nuestro avión, le pego un reojo a mi celular y veo cómo vibra con un aviso en rojo. Y se apaga.

Suspiro mientras me alejo hacia el sector de neuróticos y le pido al yankee de rojo -que ya encontró su lugarcito en el poste mágico-: “im sorry, ¿te molestaria que enchufe un ratito el mío?”.

 

 

Por Cintia Grinstein.

Colaboración
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