Revista Palta | CAMBIAR EL CIS-TEMA
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CAMBIAR EL CIS-TEMA

Desnudx, heladx y tendidx detrás de las tribunas del Club Tucumán Lawn Tennis yace Ayelén Gómez. Su boca y su garganta están llenas de tierra, todo indica que lx asfixiaron. Sobre su cuerpo tiene moretones morados y pronunciados; algunos son las marcas de los golpes que ha tenido que recibir, otros los del trato que le han dado a su cuerpo.

Pasaron ya dos meses desde que Ayelén pasó a ser un nombre más en la lista interminable de travestis asesinadxs. Hace ya dos meses que al colectivo trans le han arrancado una parte de su cuerpo, otra parte más de su cuerpo.

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Estamos de fiesta por la 4° edición del festival de cine Espacio Queer; unas luces rojas le dibujan algunas siluetas en la cara y el cuerpo a la docente trans Quimey Ramos. Su vestido se así todavía más colorido. Ella quiso expresarse y acá está: militando, gritando, revoleando palabras en el aire. Las lleva, las trae, las evoca, las deshace.

“Nuestros micromundos. Nadie va a hacer nada por nuestros micromundos”, brama Quimey. Un dedo en alto va y viene y acompaña su voz.

—Acá nadie más se sienta a esperar  —escuchamos que repite.

Se lx escucha decir que el Estado nunca va a hacerse cargo de algunas cosas, no importa cuánta sea su responsabilidad. No es sino por pequeños cambios que se parte hacia transformaciones significativas. Entiendo que el punto de partida para cambiar las perspectivas a unas con mayor amplitud de derecho son los micromundos. Esa es una palabra que voy a tomar de Quimey.

Se me pasan por la cabeza un sinfín de imágenes y recuerdos en los que los micro —y no tan micro— machismos se han adueñado de las situaciones con firmeza y han impuesto una manera de decir, de pensar, de hacer, de acatar, de responder.   

Es sólo cuestión de observar. En una semana puedo recordar varias situaciones que pasé que desvelan machismo del más invisible pero elocuente y significativo. Está ahí, presente, y no pide  permiso para pasar: es toda una estrella. En un restaurante, una pareja espera por comer. El mozo alcanza el vino a la mesa; la mujer se vuelve invisible, es él quien tendrá que probar el vino, catar, dar el visto bueno. En el subte, una nena viaja con su mamá; ésta no la deja acomodarse como quiere y su hija tiene que “sentarse como una nena”. Al lado, un chico lleva a su hijo en brazos; recibe una llamada y sus amigos le dicen que “le tocó ser el niñero”.

Entonces, pienso: ¿cómo hacemos para pedir justicia por Ayelén y todxs lxs travestis y mujeres trans asesinadxs mientras no cambiamos nuestras formas más sencillas de pensar, de hacer juicios de valor, de relacionarnos? ¿No será que con exigirle al Estado no basta sino que es necesario que todxs individualmente hagamos una reflexión?

Todo empieza por los medios, los expertos en construcción de opinión pública.  Me desespera el tratamiento mediático de noticias como los travesticidios. Me exaspera tener que recurrir selectivamente a ciertas fuentes en busca de contenido con perspectiva de género. Las webs siempre terminan siendo las mismas y los datos duros no abundan. Me propongo encontrarlos y Twitter se me presenta como una gran familia —esa que construí entre seguidos y seguidores alineados con mis pensamientos y posturas políticas— dispuesta a ayudarme a acceder a la información que busco.

Las cifras nos hablan. En 2016, el proyecto Argentina contra la violencia machista tuvo como resultado el 1° índice de violencia machista en el país. 59.380 mujeres respondieron la encuesta, entre quienes el 98.8% de las mujeres trans dijo haber sentido alguna vez que se encontraba en una situación que requería una denuncia por violencia machista. ¿Cuántas denunciaron? Apenas el 1.4%.

Una madrugada de 2012, un policía y un chofer de remis llevaron detenidx a Ayelén en Ranchillos, su pueblo. Tenían planes para ella. Lx violaron, lx obligaron a practicarle sexo oral a uno mientras el otro lx penetraba. Cuando recuperó su libertad, contra todo pronóstico, se animó a denunciarlos. Vaya valentía.

A dos meses de su travesticidio, el caso avanzó poco y nada. Sí se sabe que murió por asfixia. Fue violentada en vida y, no conforme, cosificada una vez asesinada. Ni bien fue encontrada, las fotos de su cuerpo se viralizaron en las redes. Esa es la imagen que quedará de Ayelén en el público común que no lx conocía.

Me pregunto qué pasa que nos conmueven los femicidios pero cuando se trata de travesticidios miramos hacia otro lado. ¿Qué pasa con la escasa difusión que tienen los asesinatos de lxs travestis? ¿por qué todavía cotiza reproducir una imagen pintoresca y grotesca suya? ¿Por qué se desvía el foco de atención hacia sus vidas privadas, su genitalidad, su trabajo?

Por motivos como esos festejo la efervescencia de militantes como Quimey, que nos abren los ojos y nos permiten ver cuán a menudo nos contradecimos, por ejemplo, pidiendo por #NiUnaMenos mientras no hacemos la reflexión necesaria para que nuestras formas de ser, de obrar, de construir sentido, de vivir en lo cotidiano tengan una perspectiva de género y, por ende, crítica. Asumo que esas contradicciones son parte del aprendizaje.

Hoy, lxs travestis ya no esperan que el Estado haga justicia. Unos días después del travesticidio, se congregaron en Plaza de Mayo. Una y otra vez, repetían: “estamos tan hartxs que lo único que venimos a pedir son abrazos”.

¿Entendemos que lxs travestis están pidiendo, literalmente, abrazos?

Ana Carrozzo
Ana Carrozzo
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