Revista Palta | CAER EN LA PÚBLICA
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CAER EN LA PÚBLICA

La Facultad de Derecho era un edificio gigante lleno de escaleras que no llegaban a ninguna parte y de alumnxs que no se miraban entre sí. Mi primer día de clases había sido horrible. Me tomé mal el colectivo, llegué tarde porque no encontraba el aula en el segundo piso y no hice ningún amigx. Mis compañeras del CBC, grupo enorme y simpático de chicas del interior, se había disuelto entre las que no habían metido el ingreso en un año y las que directamente habían dejado. Cuando llegué a mi clase de Civil I no había más asientos y me acomodé en el piso entre dos chicas que se presentaron y fueron conmigo a sacar el carnet de la biblioteca. Una era de Boedo, la otra me pidió plata prestada para unas fotocopias y no apareció más.

Durante el primer cuatrimestre de la carrera boché casi todos los parciales, rebotando con los axiomas del Derecho y con el lenguaje jurídico que se me hacía incomprensible. En algunas materias me encontré con un par de caras conocidas del ingreso, dos chicas diez que no me compartían los apuntes. Salía de clase, me iba a mi casa, veía a mis amigos y odiaba el momento de volver a la facultad.

En la segunda mitad de mi primer año coincidí en dos materias con una piba de Lanús que se llamaba Camila, al principio nos caímos mal pero no dijimos nada. En el mar de caras anónimas que era la Universidad, la cara de Camila repetida en dos cursadas se me hacía familiar. Ella había quedado separada de sus amigos y yo estaba sola. Fue un acercamiento por necesidad y por conveniencia para las dos aunque pasó casi enseguida a convertirse en una amistad que guarda siempre el lugar único y especial de ser la primera de las muchas que hice en la Pública.  

Camila me presentó a sus amigxs, que fueron lxs míxs. Un grupo de ocho que se movió en manada inseparable entre materias, finales, reuniones en el bar y elecciones universitarias. Empecé a pasar más tiempo en la Facultad que en mi casa y a encontrar conocidxs en los pasillos, la biblioteca o las aulas. Me recibí el 4 de Julio de 2014 en el Aula 104 de la Facultad de Derecho. Afuera me esperaban todxs lxs que me importaba, aunque no le di nunca demasiada entidad a la mística del título, pocos recuerdos superan la intensidad de ese momento.

Hace tres años decidí que no quería laburar toda mi vida con el Derecho y me inscribí en otra carrera. Soy alumna de la Facultad Nacional de las Artes, un lugar distinto a Derecho, pero con muchas resonancias de volver a transitar algunos espacios . Este cuatrimestre todavía no empezamos las clases. Tuvimos asambleas, reuniones, agenda de marchas, clases públicas, todas herramientas de la resistencia. ¿Por qué lo hacemos? Creo la respuesta es simple: algunos problemas sólo encuentran solución en la lucha colectiva.


Hace no tanto nuestro Presidente usó la expresión “caer en la pública” para dar cuenta de una situación que él consideraba desafortunada. En su imaginario, cualquier persona que tuviera que formarse en las instituciones laicas, públicas y gratuitas de la Argentina se encontraba en una situación desfavorable frente a quién había podido transitar su educación en las instituciones privadas.

La educación es un derecho fundamental que debe ser exigido cada vez que no esté garantizado. En la medida que no podamos entender que la educación universitaria no es un lujo al que solo pueden acceder los grupos de elite, una mercancía al alcance de quienes pueden pagarla en una institución privada, no podemos exigir las condiciones de igualdad y accesibilidad que se nos deben garantizar en todas las instancias.

La cabeza máxima del Estado piensa “el que paga la tiene mejor”. ¿Nos sorprenden entonces las políticas aplicadas por el gobierno de turno, que no construyen ni producen puentes para el conocimiento? ¿ Nos asombra el tenor de un neoliberalismo salvaje que entiende a la educación como una mercancía y no como un derecho? La respuesta por supuesto es no. No nos sorprende, no nos asombra, simplemente nos hace daño.

Camila se recibió un año y medio después que yo, porque quiso hacer dos orientaciones en vez de una. Es abogada penalista y laboralista. Labura gratis como asistente jurídica para cualquiera que la precise. El día que se recibió me crucé de nuevo con la pandilla de los ocho, que se me había perdido en los años de otras cosas. Muchos dan clases sin cobrar un mango, docentes de la Pública, por supuesto. Son amigos, compañeros y son las mejores marcas de mi propio recorrido en la universidad.

La pública nos tuvo noches enteras sin dormir, nos ahogó de humo en los pasillos cuando todavía podíamos fumar adentro, nos perdió papeles en tramites interminables, nos hizo esperar diez horas para rendir, nos puso aplazos, nos dejó libres, nos hizo adictxs a cualquier tipo de mate o café. Ahí tuvimos novios y novias. Hablamos de las miserias familiares y laborales. Nos quisimos, nos queremos. Camila, los ocho, los quince, los diez mil. Cientos de pibes y de pibas. Un sinfín de profesiones y de nombres. Un sinfín de años cayendo en la pública.

Qué amor inmenso. Qué inspirador. Qué privilegio.

Dana Madera
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