Revista Palta | BELLOS VELLOS
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BELLOS VELLOS

Por Valentina Groba.

No existe un recuerdo del día en que decidí depilarme, simplemente sucedió: le dije a mi mamá que quería depilarme las piernas. Lloré tanto que prometí nunca volver a hacerlo, al mismo tiempo mis piernas estaban suaves, así que el dolor había valido la pena. Me mantuve al margen de la depilación por algunos años hasta que tuve mi primera menstruación. Aquello que antes eran unos pocos pelos pasaron a ocupar gran parte de mi superficie corporal. Mientras que mis amigos querían tener pelos y los pocos que ya tenían los lucían con orgullo, yo me avergonzaba. Era horrible ver cómo los pelos salían por el costado de la bombacha, o se asomaban en mi axila. Así que volví a depilarme, pero esta vez cambié a mi mamá por mis amigas.

Salíamos del colegio y nos íbamos a depilar. Yo siempre acompañada de mi mejor amiga, para no sentirme tan sola en ese cubículo diminuto. Ella se depilaba en el de al lado. Me daba vergüenza tener que quedarme en bombacha, abrir las piernas de par en par, sentir la cera caliente en mis muslos y, acto seguido, un tirón doloroso. La depiladora me golpeaba la zona depilada para apaciguar el dolor, un intento inútil porque a mí ya se me tensionaba todo el cuerpo. El dolor no cesaba, y la piel me quedaba toda irritada. Siempre me aconsejaba no tomar sol por unos días para que la piel no me quedara manchada. Yo acá no vuelvo más, es mucho dolor– le decía a mi amiga, a lo cual ella contestaba –Dejá de quejarte, ya te vas a acostumbrar-. Y así fue, me acostumbré.

Cuando fui creciendo, descubrí todo un mundo en torno a la depilación. Todo puede ser depilado, absolutamente todas las partes del cuerpo pueden depilarse. Me sentaba a mirar la eterna lista de precios. Dependiendo de qué parte te depilabas el precio variaba. Busto, tira de pecho, panza, tira de panza, espalda entera, cintura, brazos, medio brazo con mano, media pierna, pierna entera, cavado normal, cavado profundo, media pelvis, pelvis y tira de cola. ¡Tira de cola! Yo quería depilarme eso. Había escuchado a mi mamá y a sus amigas hablar de eso, y a mis compañeras también, y yo no tenia idea de lo que era.

Sentada en la sala de espera, me llamaron por un número. Me acosté en aquella camilla de plástico blanco en la que ya se habían acostado centenares de mujeres listas a despojarse de todos sus pelos. Siempre me ponían nerviosa esos minutos previos, en los que la depiladora calentaba la cera. El olor a cera me hacía pensar ¿me voy?, no me animaba a levantarme. Nadie se va en medio de la depilación, de hecho nunca había escuchado a ninguna de mis amigas sufrir de tal manera que hayan querido irse. Por lo tanto irme no era una opción, quejarme, menos. Ese día me iba a depilar la tira de cola.

Después de untar mi cuerpo con cera y arrancar mis pelos y cualquier tipo de sesgo de los mismos, ya estaba cansada y transpirada. Pero quedaba una última sorpresa. Le expliqué a la depiladora que nunca me había depilado esa zona y amablemente me explicó lo que tenía que hacer. Me indicó que me colocara boca abajo y que sostuviera con cada una de mis manos mis respectivos cachetes del culo y que los abriera, así ella podía depilarme el ano. Sí, la tira de cola era depilarse el ano. Y ahí me encontraba, boca abajo, sosteniendo mis cachetes, que me pesaban, y con cera caliente en mi ano. La vergüenza que sentí me hacía transpirar aún más, pero al mismo tiempo la naturalidad con la que se presentaba la escena me tranquilizaba. Aquella mujer había depilado tantos anos, éste era sólo uno más de los que pasarían aquel día por esa camilla.

Salí de ese cubículo, pagué por todas las partes del cuerpo depiladas y me fui muy confundida. ¿Cómo es que nadie me había hablado de esto? ¿Por qué se lo nombra tira de cola y no depilación de ano? ¿Cómo había llegado yo a esa situación? Era súper confuso y doloroso y pegajoso. Aquel encuentro fugaz e íntimo con aquella señora me dejaba sorprendida. Todo se daba con una total naturalidad, la mujer que me depilaba, la mujer que me cobrara por el servicio, todo se daba entre mujeres.

Esa fue la primera vez que me pregunté seriamente por qué me depilaba. Si era por mí, es decir porque a mí me gustaba verme sin pelos, porque me era más cómodo; o porque a los demás les gustaba o los hacía sentir más cómodos con mi cuerpo.

El dolor experimentado a lo largo de mi vida me hace reflexionar sobre la cultura del dolor, cultura que se nos inculca mayoritariamente a las mujeres. La belleza duele es el eslogan por excelencia de la misma. Tenemos que ser lindas, y para lograr ese objetivo tenemos que sentir dolor, mucho dolor. No se puede ser linda con pelos en las piernas o axilas, no se puede ser linda con ropa cómoda, no se puede ser linda con zapatos bajos, y no se puede, bajo ningún punto de vista, ser linda si expresás disconformidad o queja alguna.

Colaboración
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