Revista Palta | ¿BAJAR LOS HUMOS?
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¿BAJAR LOS HUMOS?

Por Dana Madera.

Cuando tenía 16 años una profesora me dijo que a mí había que bajarme los humos. Lo hizo desde un lugar de miedo, de poco acto reflejo a la interpelación en clase. No fue ni la primera ni la última vez que escuché esa frase, en distintos contextos y distintas maneras, desde una voz de autoridad adulta. Me pasó incontables veces en la secundaria, me pasó en la facultad, me pasó en el trabajo.

Las primeras veces me dejaron cuestionando cosas sobre mis modos “¿Seré soberbia? ¿Le habré hablado mal? ¿Esto no se podía preguntar? ”. Cuando se dieron otras situaciones, con las formas revisadas (por las dudas), el resultado fue el mismo: los humos chiquita, los humos. La palabra, dicha o no, era chiquita. Los humos, dichos o no, eran todo lo que se cuestionaba y que molestaba responder. La irreverencia de lxs “chiquitxs” hacia lxs adultxs.

Hoy tengo 28 años y el problema lo tengo igual. Sé que nunca fui soberbia, sé que nunca hablé mal, sé que preguntar lo que pregunté nunca estuvo mal. Hace rato ya que las frases hechas que se me devuelven a cada cuestionamiento esconden dos cosas: siempre soy chica y siempre soy mujer. A mis compañeras de laburo, a mis amigas, a mis compañeras de facultad, siempre nos falta edad, nos falta experiencia, nos falta calle, siempre nos vino y tenemos las hormonas revolucionadas, nunca te ganamos el debate o la pelea porque somos mujeres y “damos vuelta todo”.

Hace unas semanas volví a pensar en esto por algo que vi en televisión. Tarulla, Subsecretario de Carrera Docente del Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, estaba sentado en el programa de Pamela David hablando sobre la toma de los colegios, repitiendo las frases vacías de contenido que como títere funcional a su puesto debe decir. Esos discursos que no dicen ni sí, ni no, que están llenos de adjetivos, palabras largas y floreo que buscan marear al que escucha, embarrar la cancha para que se crea que se dijo algo cuando, en verdad, no se dijo nada. Ofelia, Presidenta del Centro de Estudiantes del Pellegrini y militante de la izquierda popular, invitada desde un móvil apostado afuera del colegio, escuchaba primero, pedía la palabra y refutaba después. Lo refutaba todo, nada quedaba en pie. El discurso de Tarulla caía al piso, se rompía haciendo ruido y la derrota era inminente. El Subsecretario se iba llamando a silencio a medida que la adolescente hablaba sobre los puntos débiles de esta reforma que él había omitido y sobre la necesidad de la toma de los colegios por la negativa del Gobierno de abrir el diálogo. El panel de periodistas que secunda a Pamela David en su programa de la tarde por América TV, murmuraba cosas, pocas hasta ese momento, pero ante la mudez del invitado, ante el golpe al preparado funcionario público al que habían llamado para discurrir, se desesperan y unx por unx, en turnos primeros y solapados después, deciden interpelar ellxs, lxs profesionales preparados, a Ofelia.

Las frases comenzaron primero en forma de pregunta: cuál es tu inclinación política, qué ganás con la toma de la escuela. Ofelia respondía, con una lucidez admirable, una claridad discursiva excelente, un espíritu de lucha joven y popular instalado en el cuerpo. Pero esta vez, del otro lado, no hubo silencio sino hostilidad. Porque al grupo de periodistas lxs pone en evidencia una nena, una chiquita -como la llaman en un momento-  una pendeja que no pisa el palito, que no dice una frase por otra, y que entonces no les da margen para aplastarla. La reacción es tristemente obvia e inmediata: demonizar con estereotipos.

Seguí el móvil atenta. Ofelia explicaba los motivos de ella y sus compañerxs, evadía los muchos intentos de ataque, hasta que un llamado señor periodista del panel la interrumpe con un sinfín de frases armadas y discursos venenosos. Les pasó el trapo pensé, están enojadxs.

“Tomás las escuelas con mi dinero, con el de mis impuestos que pagan tu educación”. “No vamos a discutir porque sos lo menos democrática que hay. Escuchándote hablar, sos la que más educación necesita y la que más se resiste”. “Pará, pará chiquita”. “Vos sos militante, no educadora ponete eso en la cabeza”. “Para tomar la escuela no sos menor de edad, pero para discutir con un adulto sí, te pones en víctima según tu conveniencia”.

Las palabras que le dedica un grupo de adultxs que se entiende bien preparado a una chica que le pone el cuerpo, la mente y las ganas a una lucha justa y digna, me llena de impotencia. El mundo tiene sus potenciales Ofelias, y como contracara tiene a los dinosaurios de siempre.

No me sorprende que se la acuse en menos de diez minutos de tener una agenda política con miras a las elecciones. No me sorprende que se la trate de chiquita y que se le diga dictadora. Pienso de nuevo en las alarmas que yo ya tengo activadas. A Ofelia hay que bajarle los humos chicxs, ¿no?. Ahí, detrás de todo lo que le gritan, lo veo clarísimo: la bronca escondida de que es mujer. Los hombres con ideas son tipos bien plantados, las mujeres con ideas somos todas dictadoras. Pero el panel de profesionales no se hubiera permitido atacarla por eso abiertamente, porque se saben pensantes y abiertxs, tienen una conductora mujer a la cabeza, hay otras mujeres panelistas. No queda bien. No pueden decir lo que piensan porque hay discursos que ya no son políticamente correctos.

Para su buena suerte, aún hay muchos lugares comunes vigentes desde donde reafirmar su estatus poderoso de hombres y mujeres blancas, heterosexuales de clase media. Ellxs, lxs que toman la palabra por creerse lxs más preparados para hablar de injusticia, lxs mas empapadxs en la lucha de clases, lxs que entienden de valores, de pautas y pactos de convivencia, lxs que educarían a Ofelia, si ella se dejara.

Pero ella no se deja, no repliega, no da marcha atrás y lxs está poniendo nerviosxs. Escucha con el delay del móvil todas las acusaciones que el panel arremete, intenta hablar, repreguntar, refutar. No tiene caso. La decisión está tomada y ella es el enemigo. Pamela controla la narrativa y decide: su grupo de panelistas se está saliendo de control, lo mejor es cortar la comunicación con el móvil y aquí no ha pasado nada. La cara de Ofelia se borra de la pantalla. La señora y el señor que miran desde su casa olvidarán sus argumentos y empezarán a construir la imagen desde el relato hegemónico. Ese de siempre, el oxidado, afianzado en su pata conservadora y derecha, que les dirá incansablemente: si es joven, si es mina, si es crítica, está haciendo las cosas mal.

Pamela David comenta, antes de dar por cerrada la conversación, que cortó el móvil porque a ella no le gusta cuestionar. Qué lástima. Consuelo y suerte para nosotrxs: a las Ofelias del mundo si.

Colaboración
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