Revista Palta | AVISAME CUANDO LLEGUES
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AVISAME CUANDO LLEGUES

Me acuerdo cuando era más chica, de cómo mi mamá insistía en que mi novio de la adolescencia “me cuidase”. Ella quería que después de cenar, él se tomara el colectivo conmigo o me pagase el radio taxi de vuelta a casa.

Una parte mía siempre se sintió en contradicción con esa idea. Primero, porque él no lo hacía y yo sentía la obligación de defenderlo en todo (por lo menos, hacia afuera del vínculo); y segundo, porque la Manu feminista (que empezaba a ganarse un lugar cada vez más grande en mí) entendía que el pedido de mi mamá suponía cierta desigualdad. Y yo quería tanto ser igual que defendía fervientemente los pocos lugares en los que él (o cualquier hombre) me hacía sentir así. Supongo que había algo de inocencia también: para mí avisarle cuando llegaba no era más que una excusa para hablarle de nuevo.

Me mudé a vivir sola poco antes de cumplir veinte con esperanza de libertad. Quería que la llave de ese hogar me liberase del ojo cauteloso de mi madre. Volver a la hora que me dieran ganas, dormir en lo de cualquier chico que me gustase sin tener que mentir o dar explicaciones al respecto, traer a quien quisiera a casa.

El camino hacia la independencia fue (y sigue siendo) complicado y la soledad llegó a ser casi abrumante. Nunca me arrepentí de mi decisión de irme. Pero sí extrañé ese ojo cauteloso. Mi espacio sola me dio la posibilidad de cantar karaokes a todo volumen, de tocar la guitarra sin un oído curioso pegado a la puerta, de salir del baño sin la urgencia de taparme con una toalla. Y mi mamá nunca se alejó del todo. De hecho, nadie de mi familia lo hizo. Pero la libertad que esperaba no la alcancé nunca.

Día tras día escuchaba nuevas noticias de femicidios e historias de combis blancas que sonaban lejanas pero me hacían gastar la mitad de los sueldos del mes en taxis (que ni siquiera me dejaban del todo tranquila). Había aprendido que andar sola era peligroso: un hombre tenía que cuidarme, que acompañarme a la parada, que llevarme a mi casa; el taxista tenía que esperar a que yo entrase. Me enseñaron, quizás con razón, a sentirme insegura sin compañía.

Sola (y soltera) en mi departamento, esa sensación se intensificó. Pensaba en que si no volvía, y no había nadie esperándome, ¿cuánto tardarían en darse cuenta de mi ausencia? ¿quién me iba a reclamar? ¿quién se iba a asustar por mí? ¿el encargado? ¿qué tan confiable era ese hombre que me ayudó un par de veces cuando no me andaba el agua caliente? Si no le avisaba a la amiga con la que me junté ese día que había llegado bien, ¿se preocuparía o pensaría que me olvidé? Si me olvidé mil veces.

Cuanto más tarde volviera, más miedo. Cuanto más borracha, más chances de olvidarme de avisar que llegué. Cuantos menos amigos en común con el pibe con el que saliera, menos seguridad. Cuanto menos me gustara, menos ganas de mandarle ese mensajito después. Cuanto más secreta (o íntima) quisiera que fuera una salida, más culpa, más peligro, más miedo, más todo.

Hace poco una amiga que cortó con el novio vino a visitarme y se volvió tarde. Cuando le abrí la puerta nos dimos un abrazo y se me quedó mirando, perdida, como si me hubiese olvidado de devolverle un te quiero o de darle la plata de las empanadas. “Avisame cuando llegues” le dije, y automáticamente se le llenaron los ojos de lágrimas. Sentí que se desarmaba. Me vi (nos vimos) en espejo siendo ahora nosotras nuestras propias testigas de existencia, una con la otra. Me sonrió, volviéndose a armar con fuerza y con apuro, nos dimos otro beso y me despidió: “Te aviso, obvio”.

Manuela Martinez
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