Revista Palta | ARROZ CON LECHE, ¿ME QUIERO CASAR?
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ARROZ CON LECHE, ¿ME QUIERO CASAR?

Por Lula González.

Yo veía que las nenas usaban color rosa y los nenes color azul; que ellos jugaban con autitos o pelotas y nosotras con barbies o nenucos. Muchas “cosas de varones” eran cosas que a mí también me hubiese gustado hacer, pero se suponía que no debía. Me preguntaba “¿por qué no puedo jugar a la pelota?” o “¿por qué no puedo comprarme el muñeco de He-man?”. Empezaba a notar que tenía un mandato como mujer en la vida, sea de modo consciente o inconsciente, ya lo sentía.

Tímidamente, empecé a pedirle a mi mamá todas esas cosas que estaban fuera de mi alcance. Pese a que llamara su atención, mis deseos se fueron cumpliendo. Así llegaron a mí: una patineta, una zapatilla móvil, una pelota para jugar con mi hermano al futbol, muñecos de superhéroes que me alejaban del concepto de nena bien.

En la adolescencia, las elecciones dejaron de ser juguetes y colores para ser bandas de rock, peinados y atuendos. Mis elecciones seguían sin condecirse con lo que se esperaba de mí. En el secundario, mientras los chicos iban a computación, las chicas teníamos una materia que se llamaba “Actividades prácticas” donde nos enseñaban a coser, bordar y cocinar. Una vez, cuando no pude con el repulgue de una empanada, la profesora se rió de mí y les hizo adivinar a los demás profesores quién la había hecho: no tardaron en decir mi apellido.

Los mandatos fueron cambiando y hoy, a mis treinta y pico, otra “premisa a cumplir” irrumpe en mi cabeza y queda resonando: “¿para cuando un novio…?”. La Cenicienta vivía triste, hasta que se casó con el príncipe y tuvo un final feliz. María la del barrio vivía con el papá en una pensión hasta que la rescató un hombre millonario, se enamoró y recién ahí pudo, finalmente, encontrar la felicidad. Yo no sé si mi bienestar se encuentra comiendo perdices con un príncipe encantado.

¿Por qué la búsqueda de la felicidad está atada a un formato, a un esquema vinculado a un color y a un género? ¿Por qué no podemos liberarnos del peso de tener que cumplir con premisas de otros tiempos y con otras personas que no somos nosotrxs? ¿Por qué me angustia tanto sentir que soy una decepción como mujer, como persona? ¿Estoy haciendo las cosas “bien”? ¿Es esto lo que quiero para mí? ¿Por qué no puedo formar parte de mi propia novela, en la que nadie tenga que socorrerme a menos que lo pida, y donde pueda convencerme de que mi mandato es el de ser libre, y revelarme ante quien me imponga lo contrario?

Si bien hubo muchos avances al respecto, sé que queda mucho por pulir. Sé que se viene la pregunta del casamiento, lxs hijxs y cuando voy a dejar de ser monotributista. Es hasta el día de hoy que mi vieja me sigue haciendo esas preguntas. ¿Tanto le preocupa mi elección? La respuesta es no, ella también tiene un mandato que cumplir y es el de ser abuela.

Colaboración
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