Revista Palta | APRENDER A MIRAR LA MUERTE
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APRENDER A MIRAR LA MUERTE

“En el micro yo me siento del lado de la ventanilla; así si volcamos vos salís primero”, me dijo mi mamá insinuando que prefería morir ella antes que dejar que yo muriera. Yo era chica y creo que ésa fue la primera vez que le tuve miedo a “la muerte”. ¿Qué pasaría si de repente se me terminara la vida? O, peor aún, ¿qué pasaría si fuese mi mamá quien muriera?

En Verano 1993 Carla Simón cuenta su historia, o la de Frida: una nena de seis años que se enfrenta a la muerte de su mamá. No entiende cómo pasó ni por qué, tampoco lo puede poner en palabras. Corretea por las calles de lo que había sido su casa pero ya no; un nene se para a su lado mientras juegan y le dice algo en catalán, subtitulan “Y tú, ¿por qué no lloras?”. Yo también me lo pregunté. Es que el llanto pareciera ser una de las reacciones inminentes ante una situación así, y frente la ausencia de lágrimas surge la duda.

Pensar con quién viviría si mi mamá se muriera era quizás una de las cosas que más me inquietaba. En el caso de Frida eso se resuelve rápido porque su mamá deja todo organizado en una carta. Ahora sus tíos se convierten en sus papás y su prima en su hermana. Una estampita, una oración que su abuela le enseña para que rece todas las noches, y un bolso con muñecos y ropa es todo lo que Frida necesita llevarse a su casa nueva en el campo. Un viaje en medio del verano, lo que podrían ser unas vacaciones, para ella es un cambio radical.

La primera vez que me quedé a dormir en la casa de mi abuela lloré toda la noche hasta que llamaron a mi mamá y me pasó a buscar. Me ofrecieron helado, chocolates, juguetes, pero yo sabía lo que necesitaba y nadie ahí me lo podía dar: quería dormir con mi vieja. Incluso hoy en día, la idea de separarme de ella, me entristece y asusta. Frida no sólo se aleja de su mamá sino también de su casa, de sus abuelos, de sus amigos, de su mundo. Con solo seis años se ve obligada a construir un hogar frente a la pérdida del único que había conocido, junto a su madre.

Durante toda la película la libertad se presenta por momentos en exceso, y por momentos extremadamente limitada. Su abuela, que la consiente demasiado cuando va de visita, se contrapone a su “nueva mamá” que insiste en poner límites frente a sus reacciones rebeldes. Ante la inmensidad del campo Frida es ínfima, y prefiere esconderse en un taller o en el auto de su abuela en vez de correr por entre los árboles. Es que ella no necesitaba tanta libertad, y sí quizás un espacio más restringido o contenido, como un abrazo; estar un poco menos a la deriva.

Todo lo que ella está sintiendo con seis años me parece en extremo lejano porque a su edad no estuve ni cerca de una situación así; sin embargo, eso no me impide empatizar con ella. Su ingenuidad, la forma en la que se acostumbra a la sobreprotección, su no reacción ante el peligro, sus celos, sus impulsos pasivo-agresivos. Frida es inconsciente al punto de llegar a usar la muerte de sus padres como respuesta a la indiferencia de unxs niñxs que no la invitan a jugar con ellxs. Cosas como ésta a mí me acercaron más de lo que me alejaron. Pequeños reflejos donde ella se aferra a su niñez para demostrarnos que todavía es chiquita.

Cuando tenía la edad de Frida me contaron que la mujer que para mí era como una abuela tenía sida. La explicación del cómo se contagió era falsa y yo lo sabía, pero nunca la cuestioné porque ese no era el punto. No viví con temor a que se muriera por una gripe, estaba medicada. Pero en 1993 la historia era otra y la gente sí se moría. Frida es una niña “peligrosa” por portar la sangre de una mujer que murió a causa de esta enfermedad, y algunas personas se lo hacen notar alejándose de ella por miedo a contagiarse. Su propia abuela le pide que rece todas las noche por su mamá, que aunque fue una mujer que “hizo muchas locuras”, era buena y la amaba.

Como una bomba que explota, todo se manifiesta de un segundo a otro y en el momento menos esperado. Frida no siente nada y siente de todo al mismo tiempo. En más de una oportunidad me cubrí la cara de la impresión, para evitar ver cómo le cortan la cabeza a un pollo, matan a una cabra, o por enfrentarme a la posibilidad de que aparecieran cosas que me imaginaba y que, de otra manera, también me impresionaban. Varias situaciones que Frida presencia pero que no la mortifican porque en este momento sus ojos miran de otra manera a la muerte. Frida está aprendido a entender lo que siente. Es por ésto que el final que se plantea tiene tanta fuerza, e incluso vuelvo a llorar mientras escribo.

Carla Simón cuenta su propia historia y eso es quizás lo que más me interesó: la realidad como paisaje. En éste caso, si bien entiendo todo lo que a Frida le pasa y el porqué de la ausencia de ciertas sensaciones -lógicamente más esperables-, me es imposible siquiera pensar en lo que esa nena puede estar viviendo. De un día para el otro se enfrenta a situaciones “adultas” como si estuviese obligada a crecer de repente. Verano 1993 tiene un tono agridulce que contrapone la dulzura de la infancia, con lo amargo de la situación que atraviesa a la protagonista.

Sin saber mucho de cine, puedo decir que para mí cada escena está perfectamente lograda porque la emoción se me presentó por partida doble. Por un lado la historia y dos nenas que quise abrazar durante toda la película, y por el otro la belleza y la poesía de un relato autorreferencial. Pienso en mi historia y en cómo algún día me gustaría contarla con tanta nobleza como lo hace Carla. A ella también me dan ganas de abrazarla.

 

Paloma De La Jara
Paloma De La Jara
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