Revista Palta | ANTES MUERTA QUE SENCILLA
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ANTES MUERTA QUE SENCILLA

Fue fácil para mí hacer empatía. Cinco amigas de escuela privada, con buena pronunciación en inglés, ropa de marca y aceptable sentido del humor. Todas, en mayor o menor medida, atravesadas por la presión por ser lindas. Por esa fuerza aplastante de adaptarse a la gracia que se nos exige desde chiquitas para ser “mujeres bien”. Endurecer la sonrisa, enderezar la columna, inflar el pecho y posar para la foto.

Melisa Liebenthal reunió a sus mejores amigas de la infancia para hacer su primera película: Las Lindas. En los 70 minutos del documental, a través de fotos y videos, repasó junto a ellas la construcción de la belleza en su infancia, pubertad y adolescencia. Y cómo a partir de estos recuerdos, formó una idea sobre su propio cuerpo y manera de ser.

Buscó en la infancia los vestigios de una inocencia perdida frente a la cámara, en donde la gracia estaba puesta en el humor y la diversión, antes que en los atributos establecidos como bellos; en la pubertad, donde el criterio de la madre acobardó la búsqueda de cada una por encontrar su propio estilo; y en la adolescencia, al galope triunfal de un cuerpo preparado para generar deseo a la autoridad implícita: el hombre.

Para cada período que analiza, la directora expone con sus fotos un carácter desviado, una naturaleza opaca y seria que parecía inadvertida de lo debido. Como si su falta de fotogenia en esas etapas madurativas hubiera anticipado una valoración más crítica de la belleza y la sensualidad, y de la alegría rimbombante que las deberían acompañar. Esos pilares que, combinados y bien administrados, llevan a las chicas al altar de la cultura sexista.

Melisa denunció esta educación conservadora que le enseñó a sus amigas a buscar a través de su aspecto tanto la aprobación como la valoración ajena. Y que a ella, por contrapeso, le indicó que algo estaba mal o que no era claro.

El documental me recordó a mí. En realidad, a esa imprudencia ideológica que me acompañó hasta el último año del secundario, en una escuela privada, bilingüe y de doble escolaridad.

Me enseñaron a recitar de memoria -y en inglés- la revolución industrial, francesa y rusa. Pero no me dieron las herramientas para poner en crisis absolutamente nada. Allí gobernaba un pensamiento conservador, embanderado por un uniforme ridículo. Polleras escocesas cortas en invierno y verano. Un pedazo de tela que, de una manera silenciosa, me obligó a ver (y mostrar) mis piernas, a acomplejar a las que no teníamos cuerpo de modelo, a depilarnos regularmente para que el piberío cheto no burle. A enfermarnos el doble de lo normal, a dificultar nuestra relación con la menstruación y a enseñarnos maniobras para no manchar la silla con un charco de sangre.

Sin invocar al nazismo de las polleras, Melisa le pregunta a cada una de sus amigas el porqué de una vestimenta, una pose o un complejo evidenciado en una foto. Ellas se ríen de los vestidos cargados de festones y puntillas en su infancia, y recuerdan a esas mismas madres, que de chicas las disfrazaban de princesas, decirles que “el rojo y rosa juntos jamás” en la vestimenta de la pubertad y adolescencia.

Melisa, la que no estaba vestida ni dispuesta para “la foto”, es la única que ofrece una perspectiva de género en el film. Las otras chicas se ríen del ridículo y entienden que la dinámica de ir a matinée para ser cazadas -y manoseadas- por pendejos no era un premio a su belleza; sino un acto de violencia machista. Pero todavía se cuestionan si maquillarse demasiado no es un escracho, si su actitud en la infancia no era muy “masculina”, o si la nueva novia de un actor de Hollywood está robando con él .

Mientras tanto, la directora habla con fotos de fondo sobre lo que le significó a su entorno que ella quisiera cortarse el pelo al ras o dejar de depilarse. Cómo la falta de una risa atractiva para el el flash se potenció con una estética asociada a una inclinación sexual determinada. O a una ausencia total de “feminidad”.

¿Qué sería de nosotras si en ese entonces hubiésemos puesto en crisis todo lo que, algunas, pudimos cuestionar después? Y, fundamentalmente, ¿cómo seríamos?

Mi educación reprodujo estereotipos de género y sexualidad que estuvieron muy lejos de un razonamiento responsable. Dividió a chicxs en la escuela según rendimiento deportivo, belleza, galantería y poder adquisitivo (revelado en útiles, juguetes o ropa).

La directora demostró estar inmersa en los mismos valores del grupo social en el que me crié, dentro de la escuela privada. Y es por eso mismo que hoy me pongo a reflexionar todas las normas que no aprendí a desnaturalizar mientras practicaba hockey, francés e inglés.

Chicos y chicas separados por dos filas. Ordenados de menor a mayor, con el pelo atado, un uniforme delirante y sexista, padres que actúan con las autoridades de la escuela como clientes. Una educación de ocho horas pero totalmente limitada. Hoy puedo decir que en la escuela primaria y secundaria aprendí más a bancar un laburo full time que a conocerme o a comprender las normas de un sistema, intentar cambiarlas y definir las propias.

Las lindas me hizo acordar a mis amigas del colegio. A lo plenas que éramos cuando nos sacábamos fotos no-publicables, filmábamos videos con pelucas parodiando programas de televisión o jugábamos a ser rockeras sin talento.

El documental es una crítica a la construcción de la belleza. Sobre cómo nos educan desde chicos/as y cómo, a pesar de ser conscientes de lo aprendido como arbitrario y normalizador, hoy en día muchos/as siguen reproduciendo la norma; en lugar de cuestionarla.

Maru Labat
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