Revista Palta | AMOR (IM)PROPIO
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AMOR (IM)PROPIO

Hay días que me quiero más que otros, que me pongo mascarillas en la cara, canto Shakira a todo volumen y me pongo brillitos abajo de los ojos. El resto de los días, la mayoría, busco estrategias para taparme las piernas, googleo contraindicaciones de cirugías estéticas y me pregunto si no sería más fácil hacer la revolución si me sintiese linda en un par de pantalones ajustados, y no incómoda a la hora de subir una foto en una marcha revoleando pañuelos verdes porque estoy rodeada de pibas que pesan diez kilos menos que yo y lucen mejor el glitter.

Soy la hipócrita que milita las disidencias pero espera dejar de ser parte de ese grupo lo antes posible. La que no puede hacer dieta más de dos días seguidos y se odia por eso. Por eso y por todo. Por ser “mala feminista”. Por ser mas gorda que las flacas y más flaca que las gordas. Por callarse la boca cuando aparece una mujer más grandota al lado que aprendió, o no, a quererse más que de lo que me quiero yo.

Hay un feminismo que me incita a quererme, lo agradezco, me dice que la solución está en el amor propio, en el self love club que se tatúan las seguidoras de Frances Cannon, en el hashtag #bodypositive que me invita a subir fotos amando mis curvas y tomando licuados verdes. Yo le pongo corazones a Lena Dunham y a otras chicas con menos seguidores que no tienen problema en mostrar su celulitis en las redes y en abrazar a sus cuerpos como son. Yo también las abrazo y las celebro, pero no puedo hacer lo mismo.

Quiero tener la piel lisa. Quiero pesar diez kilos menos. Odio mi cuerpo con tanta fuerza como Jimena Barón ama el suyo. Quiero poder divertirme posando como una modelo sin sentir vergüenza o arrepentirme cuando me veo después en las fotos, ridícula. Quiero poder aunque sea esbozar una respuesta cuando me preguntan por qué no puedo ser más amable conmigo misma. Quizás algo sobre la sensación de sentirse empoderada y después rechazada, que me saca las ganas de sentirme empoderada de nuevo. Como cuando amé y sufrí y tuve miedo de volver a enamorarme. Quiero dejar de sentirme demasiado grande en espacios chicos. Un cuerpo lindo para algunxs pero gordo para el mundo. Quiero poder dejar de echarle la culpa a la gordura de todos mis fracasos. Quiero sentir todo esto que siento sin la culpa de, además, creer que me estoy traicionando, entregándome entera a la vanidad y a la frivolidad que tanto detesto.

De chica me sentía hermosa. Le tocaba el colgajo de los brazos a mi mamá sin saber lo que eso significaba o por qué le molestaba. Me miraba en el espejo y hacía boquita. Me sacaba la ropa de a poco y me miraba desnuda. Me sentía sexy. Lamentaba que no hubiese otra persona cerca para apreciar mi cuerpo, un cuerpo que me pertenecía. No sabía lo que era el ego. No sabía lo que eran los mandatos. Hoy pienso ese momento de mi vida como si fuera la historia de otra persona.

Ya no me siento sexy. Cuando tengo un espejo cerca me miro de reojo y cambio la postura, me ato y me desato el pelo, me muerdo los labios y me pellizco los cachetes para resaltar un rosa que no existe, similar al que aparecería después de correr una maratón que no voy a correr nunca. Soy tan espástica que mejor no corro. Peso tanto que mejor ni intento hacer la vertical. Cómo voy a salir un día de sol a hacer ejercicio a una plaza si a kilómetros deben distinguir que es la primera vez que salgo en años, si mis piernas delatan mi sedentarismo. Cómo voy a bailar si sé que no es estético mirarme. Cómo voy a disfrutar mi cuerpo si no es digno de ser disfrutado.

Toda la libertad que tenía se tiñó, de repente, de una sensación molesta de haberme equivocado en algo importante, y de una responsabilidad urgente de arreglarlo, de arreglarme a mí. Se me arrebató la posibilidad de disfrutar de mi cuerpo, alguien o algo me la arrancó de las manos. Mi cuerpo es señalado. Mi figura preocupa, alarma. La gente -mis padres, yo- confundimos el sobrepeso estético con un problema de salud, no tenemos parámetro. Gran parte del sistema de salud legitima un cuerpo “universal” de mujer que está, en esencia, determinado por el estereotipo de belleza hegemónica.

Intenté ser anoréxica y no pude. Intenté ser bulímica y no pude. Algo me hizo pensar que vomitar lo que comiera sería menos trabajoso que hacer dieta. No lo fue. La bulimia me duró un mes de intentos fallidos. La anorexia un día. Cuando mi mamá leyó una nota que escribí al respecto me dijo que yo era muy inteligente y que estaba bien “feministamente hablando” el análisis que hacía pero “dale, no estuviste ni cerca de la anorexia vos”. Me tildó de caradura y me habló en un tono que parecía indicar que hubiese sido mejor si cerraba la boca unos días. Pero para mí, mi cuerpo era un padecimiento constante aunque “los hechos no lo demostraran”. No haber podido sostener una dieta no desacreditaba mi falta de confianza. No haber llegado a vomitar un plato de fideos no invalidaba la angustia que sentía cuando me miraba al espejo.

No garpa, me resta puntos, y me deja mal parada frente quienes se sienten salvadxs por el amor propio, pero yo no puedo querer al culo que me desplaza de los lugares en los que quiero estar, a los muslos que, como actriz, disminuyen mis posibilidades de trabajo, a las caderas que señalan cuando me definen como una chica con curvas y a los rollos que delatan que “me sobra carne”. Pero me perdono por odiarme. Porque perdonándome empiezo a quererme y porque estoy cansada de que la culpa vuelva a caer sobre nosotras. Porque creo que tiene que ver con individualizar algo que debería estar en la agenda política: no quiero odiarme porque la cultura me odia y creo que, si tengo problemas a la hora de aceptar mi cuerpo, o el curso de mi vida, por mandatos impuestos por nuestra cultura, la solución no está en quererme igual, sino en modificar esos mandatos.

El amor propio es mi objetivo pero no mi solución. Quererme es mi meta y no puedo juzgar a las chicas que lo consiguieron. Probablemente estén uno o más pasos adelante mío. Probablemente tengan que cerrar esta pestaña y leerlas a ellas. Yo seguiré siendo la chica rellenita que mete panza para las fotos y hace un esfuerzo por sentarse derecha cuando sabe que la están mirando. Que en la playa se deja el short puesto todo el tiempo que puede y que se apura cada vez que entra o sale de una pileta. Que destaca sus áreas de belleza tradicional y hegemónica. Sus labios carnosos. Sus tetas redondas. Su cintura angosta. Y que esconde sus caderas anchas, su celulitis apelmazada, la carne que cae sobre sus rodillas.

Soy la que intenta cambiar el sistema mientras baja y sube de peso, se quiere y se deja de querer, empieza y abandona dietas. Ninguna de mis versiones es más verdadera que otra. Ninguna es más válida. Ninguna es para siempre. Quiero ampliar las voces de las mujeres que no cabemos en un estereotipo y darles la mano a todas las que quieran agarrarla, a mi yo de quince años que quiso ser anoréxica y no pudo. Decirle que use los pantalones que quiera pero sobre todo con los que se sienta cómoda. Que baile, mucho. Que disfrute los veranos y que se saque selfies. Que siga cantando Shakira y poniéndose brillitos abajo de los ojos y que milite para que nadie le saque eso. Que haga un esfuerzo por quererse pero, sobre todo, que luche para que dejen de odiarla.

Manuela Martinez
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