Revista Palta | AMARILLO IMPUNE
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AMARILLO IMPUNE

Lunes.

Marcho al Congreso con CICOP, sindicato de médicos. Antes de llegar, me quito la pulsera del orgullo LGBT, derrotada ante más de una sugerencia: mejor no provocar, mejor no dar tanta información.

Recuerdo la imagen que circula en las redes sociales desde el jueves 14 a la siesta. La encuentro en Twitter: un policía le apunta directo a la cara a una mujer, el líquido la soba con brutalidad. Los policías la rodean, uno de ellos la mantiene sujeta de un brazo, la inmoviliza. Qué brutalidad, pienso; ese chorro sí que debe dañar, deduzco, al mismo tiempo que sospecho: si el gobierno ha decidido marcarnos con agua amarilla, ¿por qué el chorro eyectado es incoloro? ¿Dónde está el amarillo persecución, el amarillo impunidad, el amarillo revolución de la alegría?  

Es gas pimienta lo que le azota la cara. Le barre y le limpia los dientes y las encías; en la foto los veo fruncidos, puedo imaginar cómo van y vienen sus cachetes por el impulso del disparo, mientras el líquido le invade la boca y la garganta y, automáticamente, pienso en un perro que saca la cabeza por la ventanilla, la corriente de aire que lo hace babear, sus cachetes como pliegues yendo y viniendo.

Recuerdo el video del después de esa escena. Es en un restaurante, está la diputada nacional por el PTS Myriam Bregman presente y unas personas más; a un costado un chico balbucea algo, también afectado por el gas. Sentada, Mayra Mendoza –diputada por el FPV–, intenta sostenerse sobre sus rodillas. Si respirar le cuesta, hablar le significa un desafío. Mayra sobrevive a ese momento administrando el aire: con las vías respiratorias obturadas, intercepta el poco oxígeno que consigue entre un jadeo y otro. Le tiran leche sobre la cabeza, sobre la cara, sobre la nuca. La leche traerá calma al rostro ardido, los labios hinchados, los ojos irritados.

–Me quema mucho, me quema mucho –se la escucha quejarse y se la ve sufrir, preocupada porque a esto “se lo van a hacer a muchos”.

En Mayra habita la agonía. Y ese padecer el que me dice que no hay alternativa: la pelea se da en las calles.

En la Plaza del Congreso los ruidos son constantes y el estado de alerta, permanente. La represión empieza a pisarle los talones a las agrupaciones que están delante nuestro. La policía avanza, resguardada con sus escudos, cargada con sus armas y bastones de siempre. No duda en disparar azarosamente y a mansalva. Desesperación general: el gas pimienta atraviesa a la muchedumbre y no distingue banderas. Retrocedemos. Media cuadra atrás, veo que los chorros de agua amarilla avanzan a pasos agigantados y marcan la zona que justo abandonamos.

Al replegarnos, lo único que pensamos es en volver.

Pasado un rato, nos encolumnamos con una agrupación en el mismo lugar del que tuvimos que retroceder. Somos dos y ya pasaron las 4 de la tarde. La desesperación tiene un sonido muy característico, es fácil de distinguir. Sin embargo, cesa de golpe y se traduce en una eufórica batahola. Aparentemente, deberíamos alegrarnos.

Desconfiamos. Por whatsapp nos avisan que la sesión está en cuarto intermedio y que la represión se recrudece: la policía ahora dispara balas de plomo. Los festejos son en vano y los rumores, rumores.

Cerca del vallado, el gas se esparce y condensa el aire. El humo se mezcla con el agua amarilla que atraviesa a la multitud y la marca. La cacería no cesa, la policía está en su clímax.

Nuevamente, retrocedemos. Nuestra medida preventiva es llevar la cara tapada y mirar, cada vez que podemos, qué está pasando a nuestras espaldas, en las zonas que antes hace minutos eran nuestras y ahora la policía va acaparando con su avance atroz. Por la vereda, la gente corre, desesperada. Nuestra columna es prolija y se aleja, serena y constante.

La calle H. Yrigoyen es un tanto angosta y los edificios, para nuestro pesar, bien altos. Cuando la policía revolee las latas de gas pimienta al aire y alcance a la agrupación que nos contiene, la gente automáticamente empezará a asfixiarse y a dispersarse, desesperada hasta que nos alejemos del caos y lleguemos a la avenida 9 de Julio.

Esta vez, una noticia que es cierta: gendarmería se suma a reprimir.

La señal es mala y el wifi de la ciudad, misteriosamente, no funciona. Crece la incertidumbre. Es la primera vez que vivo una marcha masiva que las fuerzas de la impunidad transforman en un atentado.

La retirada es inminente; la incertidumbre, un hecho.

Caminamos toda la 9 de Julio desde Yrigoyen hasta el comienzo de la autopista; ahí es donde nos separamos de la agrupación para tomarnos el tren. La estación de Constitución vio cómo la policía detuvo a Rocío y a Mariana por besarse, meses atrás. Ahora, en un clima de persecución en aumento, el antecedente me priva del beso y del abrazo que quisiera dar.

Ya en el tren, abro la mochila. Veo mi pulsera del orgullo. Con la piel helada, tomo consciencia de que estoy ocultando mi identidad y mi militancia por miedo al hostigamiento. Me asusto y me pregunto: ¿en qué momento ser una misma se volvió un riesgo?

Ana Carrozzo
[email protected]