Revista Palta | ALL YOU NEED IS FANS
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ALL YOU NEED IS FANS

Lennon, Cobain, Elvis. Si hubiese nacido en otra época, sus caras habrían empapelado mi habitación en la casa de mis padres. Habría llorado cada una de sus muertes. Todas dudosas, tempranas, inesperadas, catastróficas. Siempre desde la cima y siempre como si se arrojaran -o los arrojaran- al vacío. Como si una mano invisible los empujara.

De esa mano se agarra Mariana Enriquez para escribir su última novela, donde cuenta la consagración de un rockstar en clave mitológica, fantástica.

En Este es el mar unas criaturas sobrenaturales llamadas Luminosas se alimentan de la devoción de las fanáticas del mundo del rock. Cuenta la historia que las chicas que gritaban con los Beatles son las mismas que lloraban por un autógrafo o por una sonrisa de Elvis, con distinta ropa y diferente peinado, pero el mismo ser a través del tiempo. Su misión es convertir a los artistas en Leyendas, y para eso toman formas humanas y se mezclan entre las fanáticas verdaderas. Las convencen de decorar sus habitaciones con sus posters, de tatuarse sus caras, de escaparse para ir a sus recitales, les consiguen objetos preciados, remeras chivadas, fotos autografiadas y retweets. Viven de ese amor, de ese zumbido. Una especie de colmena femenina. Son ellas quienes construyen la figura del rockstar, la hacen crecer y lo matan cuando todavía está a tiempo de aspirar a una dimensión mitológica. Solos no podrían.

Pienso que las fans somos bastante destratadas (por no decir maltratadas) en el mundo del rock. Digo las fans porque, aunque los hombres se comporten de una manera casi idéntica, el fanatismo pareciera ser un atributo femenino. Las superficiales, las hormonales, las que nos queremos acostar con el rockstar y gritamos o lagrimeamos cuando alguno nos señala.

Esta dimensión erótica, bastante constitutiva del rock, suele ser negada por los críticos: ellos hablan de voces, de solos, de los arreglos de las canciones. Nada más. Mariana Enriquez se aferra a esto: son ellas quienes construyen al ídolo.

Me acuerdo cuando vi a Radiohead en vivo de cómo Jaime me miró y me dijo que era un músico increíble, pero que no era necesaria mi histeria. No te pongas tan minita. La presencia de Thom Yorke me abducía, era verdad; sin embargo mi ídolo parecía estar más pendiente de seducirme a mí que a él.

El rockstar tiene mucho de Dios. Creo que incluso ellos inventan un personaje, un alter ego de sí mismos que les permite ser estrellas, seres de otro planeta, aliens. Me pregunto si será por eso que cuesta tanto humanizarlos, bajarlos a la tierra.

Supongo que es por eso también que la clave del mito encaja tan bien en el imaginario del rock, un fenómeno cultural del cual se habló varias veces como sustituto de la religión: “… los fans amaban y sobrevivían y vivían más intensamente que la mayoría de los humanos, con excepción de los religiosos. Pero los religiosos solían ser infelices. Y los fans no.”

El mundo mitológico de la novela de Mariana termina de construirse con las Imago, las que “nacieron de una gota de sangre”. Si ellas atrapan al rockstar “para él significaría una vida desgraciada y el olvido”. Es por esto que Helena -la protagonista de la historia- debe matar a James -su rockstar elegido- y convertirlo en Leyenda para así salvarlo de la decadencia y la parodia en la que se convierte el rock con la edad.

James es amable, trata a la gente con respeto y sonríe. Es un drogadicto triste. Sensible. Cansado y pálido. Con las caderas de un chico de doce años. Con canciones mediocres y un pasado turbio. Un rockstar tan corrido del estereotipo que encaja perfecto. El último, el de la era post. Uno que llena estadios con gente que no escucha la música, pero que lo mira mucho. A él y a él en las pantallas. Gente con la certeza de que “estuvo ahí” y con historias en Instagram que lo prueban.

El tiempo es patotero, el rock tiene los días contados. La novela transcurre en ese (o éste) momento donde el rock se vuelve algo distante y parecido a lo que era en su apogeo; donde el culto de la estrella es independiente de su música. James es el último de la camada y las maestras de Helena se lo dicen: “Cuando el rock ya no ofrezca artistas capaces de transformarse en Leyendas, habrá otras músicas, otras maneras.”

Pero todavía hay tiempo para música iconoclasta, creativa y desafiante. Todavía lo imposible puede pedirse en forma de canción. James es el último y es especial. Su despedida tiene que ser memorable y su eco no puede ser una canción mediocre. Helena lo entiende y se involucra más que el resto de las Luminosas; tanto que se ve envuelta en otro fenómeno, proporcional a su infinitud: una historia de amor que lxs transforma a ambos.

Al final, amor y dolor son tan inseparables como necesarios. Es inevitable que el futuro llegue así como es inevitable mirar para atrás. Helena se aferra al recuerdo de James como lxs nostálgicxs al rock.

El libro en sí es una crítica, pero también una despedida. El fin de una era, y de una manera de vivirla. El comienzo de otra. Más inmediata, más pegadiza, más fácil de contagiar. Sin Dioses como Lennon, pero con rockstars como Mariana.

En su novela, el mito dice que las fans construyen al Dios, lo matan y luego lo olvidan. Pero Helena se resiste a la naturaleza del olvido. Me pregunto si ahora, en una era en la que las fans intentamos construirnos a nosotras mismas -algo así como volvernos nuestras propias managers-, también podremos resistirnos. Dejarlos en un altar para recordar su música y volar con ellos cada tanto, pero vivir del zumbido propio.

Manuela Martinez
[email protected]