Revista Palta | ALGO QUE NOS ATRAVIESE
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ALGO QUE NOS ATRAVIESE

Durante toda mi adolescencia pensé que lo interesante estaba lejos mío, que las cosas maravillosas y las vidas apasionantes le pertenecían, o le tocaban, a cualquier otra persona menos a mí. Me decía que para ser exitosa tenía que ser distinta: tener más edad, estudiar en otro país, vivir en otro barrio, tener otrxs amigxs y padres que me dejasen salir hasta tarde. Necesitaba romper con lo que tenía, con eso que creía que me definía, para convertirme en la persona que quería ser. A Ladybird le pasa algo parecido.

La protagonista de la película escrita y dirigida por Greta Gerwig es una chica de 17 años con pocos talentos pero mucho entusiasmo, que vive su último año de colegio en una casa que queda “del lado equivocado de las vías del tren”. La gente se sorprende cuando descubre que no es una metáfora. Tiene acné, un papá desempleado y deprimido, cd´s de Alanis Morrisette y miedo a tener “sexo poco especial”. Desea vivir algo “que la atraviese”. No es defensora de ninguna causa explícita, pero se expresa a favor del aborto en una asamblea de su colegio católico. No tiene una vocación clara; pero está decidida a alejarse de su casa en Sacramento, dejar la ciudad y todo lo que obtuvo de sus padres. Insiste en ser llamada “Ladybird”: un nombre dado por ella a sí misma. Ladybird es una chica pájaro que único que quiere es volar lo más lejos posible.

La universidad se vuelve la excusa perfecta y, a pesar de que su familia no cuenta con los recursos necesarios, ella insiste en viajar a estudiar artes a Nueva York. La película nos invita a acompañarla en su último año de colegio y a recorrer cada una de las ramitas que componen ese nido del que Ladybird se quiere escapar.

Dicen que las águilas, para enseñarle a volar a sus crías, primero muestran cómo lo hacen ellas extendiendo sus alas y dando vueltas alrededor del nido y que, después, cuando llega el momento del salto, la mamá águila tiene que a empujar a sus pichones. A volar se aprende volando.

Creo que, de alguna manera, todxs nos la rebuscamos para sentir ese empujón. Lloramos, ponemos música a todo volumen, damos portazos, nos enojamos, nos escapamos. Como si quisiéramos obligarlas a que nos empujen. Ladybird se pelea constantemente con Marion, su mamá; son exigentes y duras la una con la otra, pero en el fondo siempre se puede entrever el amor que se tienen. En este sentido, pienso que Ladybird es una película que no habla solamente sobre querer irse, sino también sobre lo difícil que puede ser: para que una persona crezca, otra persona tiene que soltarla.

Me acuerdo de mamá insistiendo en que mi novio de la adolescencia no me cuidaba lo suficiente. Esa debe haber sido una de las razones por las que más nos peleamos; ella estaba siempre ahí para recordarme que él no era un príncipe azul, que yo estaba confundida, que “me estaba perdiendo a mí misma”, que cuidado, que no me olvidase de quién era. Supongo que yo no sabía quién era todavía, y me agarré de sus palabras lo más fuerte que pude para tomar el envión y mudarme sola. Hoy lo miro con distancia y pienso que mamá tenía razón en -casi- todo.

Es que crecí con películas que me hicieron creer que en algún lugar del mundo estaba “el chico indicado”, y que mi lugar de pertenencia era con él. Que, como en Titanic, algún día encontraría un Jack que estuviese decidido a morir por mí si así lo dispusiera el destino.

Quizás Ladybird creció con las mismas películas que yo y es por eso que busca, constantemente, enamorarse de alguien con quien vivir en casa azul de sus sueños. Ella escribe con marcador indeleble los nombres de los distintos chicos que le gustan en la pared de su cuarto y los tacha cuando le dejan de gustar. Siempre le dejan de gustar. Ninguno es el “chico correcto”, ninguno es el amor de su vida. Ladybird puede haber construído su idea del amor con las mismas películas que yo, pero -por suerte- protagoniza una película distinta: sus intereses románticos no la definen, simplemente suceden.

Es difícil encontrar una película sobre una chica de 17 años donde el éxito, la plenitud o la felicidad no tengan que ver con encontrar un hombre que la complemente. No es habitual ver en la pantalla personajes femeninos (jóvenes en particular) que dialoguen entre sí y que además hablen o discutan sobre algo que no sea un hombre. Ladybird rompe con eso.

Gerwig también pone en jaque la idea de masculinidad. Los personajes masculinos son, en su mayoría, seres que también luchan contra la vergüenza y la aceptación, y que buscan reconciliarse con sus propias inseguridades, muchas de ellas inherentes a expectativas patriarcales frustradas. Y que lloran, porque los hombres también lloran.

Así, con un feminismo sutil pero contundente, como susurrado al oído, Greta nos muestra qué es lo que pasa cuando las mujeres somos las encargadas de contar nuestras propias historias. Quizás por eso las típicas escenas que en las películas del género son protagonizadas por amor romántico heterosexual (como la prom-night y la carrera contra-reloj hacia el aeropuerto), acá son protagonizadas por mujeres. Amigas de toda la vida con las que hablamos de masturbación y comemos ostias como si fuesen galletitas. Madres e hijas que se pelean porque sino no podrían separarse. Nos están diciendo que no necesitamos otra media naranja para sentirnos completas; y que la carta de amor más profunda que vamos a escribir tiene de destinatarixs a nuestrxs amigxs, a nuestra familia y a nuestro hogar.

No podría poner en palabras la nostalgia que me inunda cada vez que visito a la casa de mi mamá. Cómo sigo sintiéndome en mi hogar cada vez que vuelvo, incluso cuando ya vivo en el barrio que me gusta, tengo lxs amigxs que quiero tener y puedo salir hasta tarde. Esta película me recordó esa sensación y reivindicó mi individualismo: en el proceso de huir de todo lo que la define, Ladybird se amiga con sí misma y se da cuenta de que, en realidad, ya está viviendo cosas que la atraviesan.

No sé qué imagen tenía del éxito tenía cuando me decía que para ser exitosa tenía que ser distinta, pero ojalá una película como Ladybird hubiese existido en ese entonces. Quizás me habría llevado menos tiempo descubrir que no necesitaba ser otra persona para ser alguien que valiera la pena.

Manuela Martinez
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