Revista Palta | ACTUAR: EL ARENERO DE LA MADUREZ
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ACTUAR: EL ARENERO DE LA MADUREZ

Cuando era chica lo primero que quería hacer cuando llegaba del colegio era correr a la tele. El tiempo que tenía hasta que empezaba el programa que me gustaba alcanzaba justo para preparar mi merienda. Con el uniforme todavía puesto, me quedaba horas y horas observando cómo los personajes pasaban de amarse a odiarse; Mar y Jazmín supieron ser mis mejores amigas, y siempre seguí sus consejos amorosos. Cuando murió Federico Fritzenwalden, lloré como nunca antes. Sufría cuando nos hacían creer que unx de lxs protagonistas se tenía que ir lejos, y festejaba cuando finalmente no se iba. Uno de mis deseos más profundos era actuar en alguna de las tiras de Cris Morena. Esperaba que llegara el día en el que por la tele saliera una publicidad que dijera: “Te estamos buscando”.

En ese entonces un casting para mí significaba la posibilidad de estar un poco más cerca de “cumplir mi sueño”. Me gustaba la idea de jugar a ser otra persona. Practicaba con mis muñecos recreando las escenas que me habían llamado la atención. Era maestra, mamá, presidente, cantante, peluquera, y otros personajes que inventaba, todo al mismo tiempo. Mi cabeza virginiana se despejaba por completo cuando fantaseaba con pasar la pantalla y actuar.

El día que el universo conspiró a mi favor y esa esperada convocatoria llegó, mi mamá no me dejó llenar el formulario de inscripción. Me dijo que le daba miedo poner mis datos personales en Internet. Todos mis sueños se desplomaron con ese “¿Desea abandonar la página sin guardar los cambios?”.

Tuve que conformarme con disfrutar por la tele las interpretaciones de mis actores y actrices favoritoxs y representar, sólo en la ducha, mis propias e individuales historias.

Hace poco fui al teatro a ver Los Babeles, una creación colectiva protagonizada por adolescentes. Y de la nada, sin buscarlo, volví a sentir esas ganas de querer ser parte, de levantarme de la silla, y jugar a actuar como cuando era chica. Lxs chicxs crean en escena algo distinto, rompiendo con los muchos estereotipos de humor que tenemos. Me di cuenta de que en este tiempo, además de perder mis ganas de sentir empatía con las historias que consumo -ya sea en la tele, en el teatro, o en el cine-, un poco también perdí la capacidad de reírme con espontaneidad.

En la obra se presentan siete jóvenes de entre 16 y 18 años que juegan a ser grandes, sin perder el espíritu de la niñez. Desde una empleada doméstica que se roba las toallas de la casa en la que trabaja, hasta un cordobés que ruega que lo dejen rematar sus chistes, cada escena muestra situaciones comunes del día a día y personajes cotidianos, haciéndolas cómicas de manera simple y genuina, sin burlarse. La trama pasa a segundo plano, porque lo lindo es verlxs jugar y divertirse con libertad. Y desde ese lugar logran, con una mirada crítica hacia la sociedad, que algunas cosas que podrían hacernos llorar nos hagan reír.

La actuación es un mundo sin límites. Muchas veces buscamos satisfacer al/la espectador/a y a toda costa queremos hacer las cosas perfectas. Es hermoso observar lo que ocurre cuando lxs actores y actrices se despojan de esta idea, y estxs adolescentes lo logran. No buscan nada y encuentran de todo. Se lxs ve jugar, algo que no pasa muy seguido y a veces nos olvidamos de lo importante que es. Una libertad placentera y contagiosa que se metió por mis fibras más íntimas.

Entendí que cuando le pedía a mi mamá que me dejara actuar, estaba poniéndole una carga a la actuación. Una carga totalmente distinta a la que le pongo hoy en día. Hoy sé que para actuar no necesito trabajar en la tele ni llenar un formulario de Internet. Es mucho más simple, pero también más difícil de conseguir. Hay algo que va más allá y tiene que ver con la libertad, con la disponibilidad, con el juego. Y aunque creí haber perdido esas ganas, todavía algo queda. Sólo que ahora ya no busco ser una niña Cris morena. Deseo simplemente (y de a ratos) ser una niña y poder jugar.

Paloma De La Jara
Paloma De La Jara
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