Revista Palta | ¿A LLORAR A LA IGLESIA?
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¿A LLORAR A LA IGLESIA?

CAPÍTULO 1: JESÚS SUPERESTRELLA

En la casa de mi abuela paterna había una cruz arriba del respaldo de su cama, con un hombre clavado por las manos en sus extremos y con pinches en la cabeza que me daba terror. Ella iba a Misa todos los domingos y en Navidad armaba un pesebre con el que yo jugaba a la granja y lo desordenaba. De Jesús en su casa no se hablaba: la mejor interpretación de su historia, vociferada por la Iglesia Católica, habitaba sin dar ninguna explicación las “buenas” costumbres y reglas de ese hogar.

Con mi abuela materna las festividades eran otras: Pesaj, Rosh Hashaná y cualquier día que le diera tiempo de cocinarnos las recetas de comida rusa que se sabía de memoria. Ella no practicaba ninguna tradición por fuera de su menú, y se proclamaba una “judía de pueblo y atea de religión”.

Ninguna de las costumbres de mi parte materna abundaban en mi escuela primaria laica. Fue ahí, específicamente en cuarto grado, cuando conocí otra versión del Jesús de mi parte paterna: esta figura ahora se presentó como ídolo, fenómeno y cohesionador de grupos en el año de la Comunión.

En Jesús, y en ese evento que iba realizarse en la Iglesia San Patricio, yo proyectaba mis ilusiones de pertenencia con un grupo que me había llenado de estigmas por “gordita”, de padres separados y sin religión. En ese ritual de pertenencia con un vestido blanco y un peinado especial, veía la posibilidad concreta de revertir frente a la mayoría absoluta de mis compañerxs, mi versión de marginal para esta clase media noventosa. Pero primero me tenía que bautizar.

CAPÍTULO 2: APÓSTATA A PRIORI

“Te ponen un agüita en la cabeza y ya está”, me explicó mamá para desdramatizar mi decisión de convertirme al catolicismo por el “glamour” de sus vestidos y mis urgentes deseos de pertenencia.

No me bastaba: yo quería entender porqué no me habían bautizado de bebé, como “a todxs”, y mamá y papá me lo explicaron así: “queríamos que eligieras vos qué querías”, y después, con sus conocimientos mixtos en las religiones más fuertes de occidente, me dieron mi primera clase de teología.

Fue entretenido el cuento y así lo sentí, como el relato de una historia fantástica. Y para terminar de definirme, me llevaron al bautismo de la hija de un amigo de papá donde había demasiada gente para tanto silencio, y se hacía una ceremonia aburrida que me parecía eterna. La decisión estaba tomada: la Iglesia no era un lugar para mí.

Pienso que si hoy tuviera en mis manos ese carnet de bautismo, me reprocharía aún más cosas de mi pasado. Y no sé si me alcanzaría ese documento para completar mi carta de renuncia a la Iglesia Católica y apostatar, como un acto de militancia simbólica. No sé si sería suficiente porque, por más que vivo en un país de libre culto -“laico” como la escuela a la que iba- la hegemonía ideológica la tiene la institución más poderosa en nombre de Jesús. Y para entender su financiamiento no me alcanza ni el interés ni la lectura: tuve que hablar con amigxs que estudiaron derecho, porque así de accesible es el culto popular.

CAPÍTULO 3: EN EL PAÍS DE LA MORAL Y LAS BUENAS COSTUMBRES

La Constitución garantiza la libertad culto de sus ciudadanxs, pero en el Artículo 2 aclara que el gobierno federal de Argentina sostiene el culto Católico Apostólico Romano. Esto es bastante evidente: nuestros feriados son católicos, la moral tiene su base en el derecho canónico y sus fieles/practicantes son mayoría. La asignación económica más evidente es aquella que el Congreso aprueba, año a año, en el Plan de Administración Nacional. A mediados de marzo, Marcos Peña anunció que el presupuesto 2018 tiene previsto destinar 130 millones de pesos para financiar a la Iglesia.

La letra fina de este privilegio al culto eclesiástico la esconden una serie de decretos que fueron firmados -entre otros de apellidos abominables- por el genocida Jorge Rafael Videla durante la última dictadura militar, período en donde la autoridad moral de la Iglesia le valió de buena complicidad en su plan de persecución, tortura y exterminio.  

Estos decretos siguen vigentes: jubilaciones especiales, subsidios, pasajes gratuitos, sueldos equivalentes al de un/a juez/a de primera línea, privilegios impositivos; sin contar los aportes de orden privado que recibe de organizaciones sociales y escuelas confesionales. A estos mimos a la Iglesia desde la esfera pública se le agregan las buenas nuevas tras la reforma del Código Civil: desde el 2014, esta institución tiene la exclusividad entre todos los cleros de ser considerada de Personería Jurídica Pública. ¿Qué quiere decir esto? Que aunque, eventualmente, esos decretos fueran derogados por haber sido sancionados durante un gobierno de facto, la Iglesia Católica seguirá siendo un  ente público, carácter que comparte con el Estado nacional, los municipios, los Estados extranjeros y organizaciones internacionales reconocidas.

Fuimos tan buenxs alumnxs de esta institución y de esta forma de entender la vida propia y ajena que el político más poderoso e influyente de nuestra historia resultó ser ex cardenal Jorge Bergoglio, actual Papa Francisco. Cómplice también de abusos sexuales a menores de edad que sus colegas practicaron, y cuyas penas logró reducir desde su lugar de poder. La buena reputación de la Iglesia está tan blindada que es imposible cuantificar las denuncias efectuadas, pero desde el caso Grassi (2007) al día de hoy se especula que fueron alrededor de 70 denuncias las que llegaron a conocerse públicamente. El favoritismo con la religión mayoritaria nos deja así, especulando sus atrocidades..

Su rol protagónico está naturalizado y es consentido por gran parte de la población practicante, pero sus privilegios no son debidamente cuestionados. Es cierto que algunos sectores de la Iglesia Católica realizan tareas sociales y ofician de refugio para personas en situación de calle o que vive en condiciones indignas. ¿No debería ser el Estado el que ocupe este rol? ¿No sería mejor destinar ese monto para regularizar la precaria situación salarial de docentes, trabajadorxs de la salud pública, científicxs y programas de avanzada para erradicar las violencias de género, como el de Educación Sexual Integral?

Tuve la suerte de ser atea. Pude depositar mi fe en leyendas alternativas, misticismos y conspiraciones que me salvaron en más de una crisis existencial. Astrología china, maya y zodiacal; numerología y constelaciones familiares; aliens en la tierra, universos paralelos y rituales de ayahuasca. Un ateísmo que oscila entre lo esotérico y pachamamezco, con  el fatalismo de la distopía y la creatividad sci-fi. También pude acceder a eso por la situación económica que me tocó.

Pero como atea financio, con mis impuestos, y como todxs lxs ciudadanos, a la religión hegemónica. La que no me representa.

Yo estoy en contra de sostener cualquier religión. Y rechazo enfáticamente financiar aquella que, naturalizada por el conjunto entero de la sociedad, moldeó nuestras conciencias a partir del castigo, el miedo y la culpa. Estableció el bien y el mal,  con pecados capitales, infiernos, sexualidades reprimidas, espermas sagrados y confesiones. Criminalizando y patologizando todo lo que corre por fuera de su doctrina.

No me bautizaron y para hacer resistencia, repudiar o rechazar el poder de la Iglesia no tengo mejor alternativa más que ésta, la de seguir visibilizando a quienes no estamos a favor de un Estado más confesional que laico. Soy atea y también soy feminista, pero las decisiones sobre mi cuerpo y mi sexualidad todavía están obligadas a poner sus manos en posición de plegaria; y  estar unidxs en la salud y en la enfermedad con la moral cristiana, hasta que el Estado nos separe.

Maru Labat
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