Revista Palta | A LAS FUERZAS DE MI (IN)SEGURIDAD
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A LAS FUERZAS DE MI (IN)SEGURIDAD

Me acuerdo de Sulmi, que vivía y trabajaba en casa, diciéndome “vamo a cacerolear, mani”. Se comía la s a propósito. Mirábamos la tele, el noticioso, y yo le respondía que me daba miedo ir, que me iban a tirar gas pimienta. Tenía seis años, pero ya conocía esas palabras. Que no importa, que llevamos un pañuelo y lo mojamos y otras tácticas que no me acuerdo. No fui a la plaza pero salí a golpear cacerolas y cucharas de madera al balcón con una amiga al grito de “cacerolazo” mientras vestíamos un disfraz de tortuga y otro de conejo.

El miedo que me daban las marchas aumentó cuando en la primaria me hablaron sobre la dictadura y mamá me contó que a ella se la llevaron detenida en el ‘72 cuando se manifestó en contra de la masacre de Trelew. Que la arrastraron del pelo que, en esa época, le llegaba a la cintura y yo me acuerdo de tirarme fuerte de la colita imaginándomelo. Me contaron muchas historias de gente que si pensaba distinto desaparecía. Chicxs escondidos abajo de la cama escuchando cómo se llevaban de la casa a lxs adultxs de la familia. La calle llena de unos autos verdes que se llamaban Falcon y que daban miedo. Yo pensaba en qué hubiese hecho yo en ese momento, o qué haría si sucediese de nuevo. ¿Me quedaría callada, esperando sobrevivir pasando desapercibida, o arriesgaría mi vida con tal de defender mi ideología? Yo quería ser esa, la segunda. Esa era, para mí, la heroína.

Tuve el privilegio de ir a un secundario “progre” donde nos enseñaron a valorar y defender la democracia en la que habíamos nacido. Cada vez que se presentaba un proyecto de ley o se convocaba a una marcha lxs profesorxs nos preguntaban qué pensábamos y nos incitaban a debatir y dialogar entre nosotros. Me acuerdo de alumnxs defendiendo con argumentos sólidos su postura frente a profesorxs, de llegar a casa y preguntarle a mamá qué pensaba ella, de averiguar más sobre algunos temas, de hablar con mis amigas sobre a quiénes habríamos votado si tuviésemos la edad suficiente, de ir a lo de mi papá y abrir debates en la cena, levantarme cuando él todavía comía y dar portazos.

Que él me escuchase, aunque fuera indignado, citando a filósofxs que había leído en clase y sentía que me representaban, me hacía sentir más inteligente. Escucharlo a él y poner en cuestión algunas de las que creía certezas, también. Algo de alzar la voz y decir “yo pienso esto y voy a luchar por eso” significaba que era valiente, fuerte. Supongo que fue eso lo que me impulsó a marchar. A salir a manifestarme a pesar de mi fobia a las multitudes que todavía me impide ir a algunos recitales o viajar en subte, y contra todos los miedos que todavía operaban en mí, como la imagen de un grupo de policías con armas largas pisoteando a alguien y una placa amarillista al frente.

Salí a la calle y mi miedo se fue desarticulando hasta desaparecer -casi- del todo. Fui a la plaza todos los 24 de marzo, a las marchas del orgullo, por la legalización del aborto y por la despenalización de la marihuana. A favor del matrimonio igualitario. Grité “Ni una menos” y me manifesté en contra del 2×1. Gente de todas las edades con carteles y caras pintadas, miradas de complicidad con desconocidxs, brillantina, tetas al aire, pan relleno, cuerpos de todas las formas y tamaños transpirados y sonrientes, gritos eufóricos y cantos comunales; banderas de todos los colores.

Disfruté de alzar la voz cada una de las veces, me escuchasen o no. De sentirme acompañada, empoderada, dentro de una red que me contenía, donde éramos muchxs y estábamos unidxs, haciendo valer nuestros derechos o los de quienes creíamos que lo necesitaban. No era una fiesta, estábamos indignados; pero se respiraba libertad. Por lo menos al principio.

Hace un año que los medios masivos al hablar de éstas manifestaciones incluyen cada vez más la palabra “incidentes”. Me pregunto por qué a este grado de acción de las fuerzas de seguridad frente a la protesta se les dice incidentes en vez de hablar de criminalización y represión. Hace poco Santiago Maldonado se murió en medio de una cacería al pueblo mapuche escapando de gendarmería. Lo mismo pasó con Rafael Nahuel, pero la gente ya ni se acuerda su nombre.

Nos están forzando a naturalizar esta violencia del orto. A tomar como algo “natural” que antes de viajar al Encuentro Nacional de Mujeres tengamos que leer el Manual del pequeño detenido, porque así son las cosas ahora, y si sos mujer o disidente, son más jodidas todavía. No puedo ir sola a las marchas, y tengo que mantenerme lejos de las fuerzas de “seguridad” y del Congreso. Llevar agua y pañuelos para mojar. Volver a casa temprano, prender la tele, abrir twitter y encontrar imágenes de fuego y represión fuerte se vuelve costumbre. Imágenes que muchas veces no se condicen con el clima que viví minutos atrás; denuncias sobre una violencia extrema por parte de algunxs manifestantes que nunca sé si es cierta y que pareciera justificar la crueldad y la agresión con la que se lxs llevan detenidxs. Testimonios de periodistas atacados por sacar fotos, de chicas que sufren abusos de poder por parte de la policía; videos donde entre cuatro se llevan a unx mientras otrxs le gritan que diga su nombre así lo anotan y lo ponen en la lista con lxs demás.

Estas últimas semanas de diciembre distintas organizaciones sociales, políticas y sindicales convocaron a manifestaciones en el Congreso en contra de una reforma que atentaba contra jubiladxs, niñxs y discapacitadxs. Eso sólo ya era violencia. Pero redoblaron la apuesta. El Congreso se militarizó entero, y las redes sociales se llenaron de imágenes que pensé que solo iba a ver en libros de historia o en grandes producciones hollywoodenses. Y todo esto antes del horario que anunciaba la convocatoria.

A bancarla igual. Ese era el mensaje que predominaba y sobresalía entre mis amigxs, en lxs jóvenes militantes y en las redes sociales -por lo menos en las cuentas que yo sigo-. Y la contracara: mi mamá pidiéndome que me quedara en casa, que cuidado que el gas llegaba hasta al subte; mis hermanas llamándome asustadas para ver dónde estaba; amigxs y conocidxs que se estaban yendo de ahí, corriendo, con los ojos ardientes, diciéndome que no fuera, que estaba muy violento, que había empezado la cacería. Otra amiga que también había ido escribiéndome a escondidas, asustada, que escuchaba disparos y no se animaba a salir.

Volví a tener miedo. Las pesadillas de cuando era chica se habían vuelto realidad. Y al pueblo unido que jamás sería vencido, lo estaban venciendo las fuerzas que debían protegerlo.

Me quedé en mi casa y chequeé que todxs mis amigxs estuvieran a salvo. Y me inundó una culpa y una tristeza enorme. Porque sé que es lo que buscan y lo están logrando, y detesto darles el gusto. Porque me sentí débil y cagona. Porque me acordé de la nena chiquita que soñaba con ser valiente en lugar de quedarse escondida en silencio y sentí que la decepcioné.

¿Soy tibia, débil y poco defensora de los derechos humanos si mi cuerpo no estuvo ayer esquivando balas de goma? ¿En qué me convierte mi debilidad y cómo la combato? ¿Cómo hago para no tener miedo? ¿A quiénes estoy fallando y qué tengo que hacer para que me perdonen? ¿Y para perdonarme a mí misma? ¿El miedo invalida mis reclamos? ¿Desacredita mis convicciones?

Cuando la marcha en el Congreso ya había terminado, desde mi departamento se escuchaban bocinazos, sirenas y gente haciendo ruido con lo que tuvieran a mano, volviendo a golpear cacerolas como aquella vez en el 2001. El pueblo que no había sido libre en la plaza, encontraba ahora su manera de expresarse. Agarré una olla, el dni y las llaves y antes de salir me asomé por la ventana. Vi a un nene, de no más de diez años, gritando a todo pulmón “viva la democracia” frente a la avenida Álvarez Thomas y sacudiendo un pañuelo como loco. Me acordé de mí, de esa nena que no se animó a ir a la marcha y en su lugar salió con su cacerola al balcón y me di cuenta de que, desde donde pude, siempre encontré la manera de no quedarme sentada.

Manuela Martinez
Manuela Martinez
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