Revista Palta | ESA PERRA ADULTEZ
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ESA PERRA ADULTEZ

“Volviendo a casa”. Esa es la primera comedia romántica de la que tengo recuerdos: una película sobre una pandilla de mascotas que deambulaba en la ciudad, lejos de sus hogares. Perros y gatos que hablaban como humanos y que dejaban todo por reencontrarse con sus dueñxs. Otra que marcó mi infancia fue “Liberen a Willy”, en la que una orca asesina y un huérfano vándalo se hacían mejores amigos.

La interacción afectiva con seres de otra especie es uno de los milagros que me quedaron de esa etapa. Y en esa magia del universo de las películas con animales conservo, como un favor póstumo a mi niñez, la devoción por historias de ese tipo.

Pancha, una bulldog hermosa, fue mi primera y única experiencia real. Con ella entendí que no se trata de humanizar la condición animal de la mascota sino de aceptarla.

Éramos como hermanas, como pares, o como E.T y Elliot. Nos amábamos cada a una a su manera. Yo encontraba en ella algo -más allá de su belleza torpe y desprolija- que me enamoraba. Algo que mi hermano, mis amigo/as y mis viejos no tenían. Algo difícil de poner en palabras pero que, más o menos, tenía que ver con la certeza de que esa perra, por algún milagro similar a los de las películas de mi infancia, llevaba en su animalidad el equivalente exacto de mi temperamento. Después de acariciarla y jugar, cuando esa voluntad de demostración había alcanzado el límite, Pancha se quedaba quieta y me miraba fijo; no me hubiera conmovido en esos lapsos si ella hubiera pronunciado alguna palabra.

Ocho años después de su nacimiento, me mudé sola. Abandoné la casa materna y dejé de verla todos los días. Me dejé sacudir por esa idea de amor romántico total: las expectativas de un noviazgo incipiente y de un ascenso laboral me inspiraron un aire hollywoodense que ciertas decisiones del entonces nuevo gobierno sabotearon sin pudor. Los aumentos del gas y las expensas me devolvieron ese espíritu calculador de cualquier joven de Buenos Aires que aspire a la independencia de sus padres (o que no tenga otro camino).

Esa búsqueda por sentirme potenciada en lo profesional y afectivo no me llevó a nada. Terminé en una crisis, renuncié al laburo que venía haciendo hacía dos años y acepté trabajar en marketing. Chau Rodolfa Walsh, chau a la mujer ambiciosa y creativa que quería gustar y ser aceptada, chau a los laburos interesantes y bien pagos que sólo conocí en la ficción.

Ansiedad, falta de aire, presión en el pecho. Los bocetos de mi vida adulta no me condujeron a buen puerto. Era evidente que me faltaba algo en esa cacería de garantías; que en la transición de aquella niña que creía en el habla de las mascotas a esta, camino a los 30 y llena de incertidumbres, estaba detenida en un pozo ciego.

Pancha, la que había sido mi hermana, mi única hermana, continuaba con su vida de perra en el jardín de la casa de mi vieja, la única realidad que conoció. Y desde su lugar presenció lo peor de mi gesta independentista: individualismo extremo, llanto fácil, caprichos y angustia.

Cuando estaba de visita en su jardín me perseguía mientras yo mandaba audios de WhatsApp y apuraba un cigarrillo. El patio, su casa, era ahora para mí el momento del pucho. Ella me seguía, probablemente con la ilusión de que le diera comida o me tirara encima suyo.

Para año nuevo estrené un vestido y me perfumé entera. El calor agravó un clima familiar áspero y cargado de conversaciones que no iban más allá de comentarios acerca de series o promociones aéreas al sudeste asiático.

Después del brindis salí al patio. Afuera estaban mi primo y su mejor amigo. Tomaban vino, fumaban cigarrillos armados y analizaban las letras del Pity Álvarez. El momento piola de un ritual en decadencia.

Afuera también estaba Pancha. Volví a sentir la fuerza de nuestra unión. Esta vez no por el amor sino por el miedo. Era la primera vez que la perra me generaba ese sentimiento. Le costaba respirar, lo hacía con una dificultad inédita. Se lo comenté a mi primo pero él -con su alma de ajedrecista nerd- disertó sobre la biología de los bulldogs: que tienen la tráquea más corta que las demás razas, que era normal, que a lo sumo el calor era lo que le jodía. La bañé, le serví agua y la arengué a que respirara pausado como si me pudiera entender algo.

Tres días después me desperté de madrugada con un llamado de mi vieja. Lloré hasta el mediodía, con un llanto medio desencajado y deforme: Pancha había aparecido muerta.

Encontraron su cuerpo flotando en el borde de la pileta y ni siquiera pude verla; la enterraron rápido en un hueco del fondo del patio, donde ahora hay una suerte de santuario.

Pancha, mi equivalente, la que me estiraba la manito cada vez que me veía, cumpliendo con un entrenamiento emocional que no repetía con nadie, era ahora una mancha de tierra que rompía la armonía del jardín.

Su muerte fue un cross a la mandíbula. Una trompada que me arrancó, al menos por unos días, esa madurez impostada que me había privado de tantas cosas. Hasta ese entonces yo había observado la vida adulta como un ejecutivo desde un rascacielos. Entre reuniones, computadoras y máquinas de café express que ve, allá abajo, diminutas, las formas de una existencia que no comprende. La engañosa lentitud del tránsito, las personas como expresiones reales de una maqueta, el silencio entre los cristales, un mundo sin olor a la grasa fría de los puestos de comida callejera. Ahí, a la intemperie de un recuerdo que la había postergado, había estado Pancha.

Su ausencia me modificó, y la muerte -una vez más- se convirtió en una suerte de cartograma. Mi vida tiene mucho más que ver con quedarme horas acariciando una perra que con la idea de subsistencia, y reconocimiento, para conseguir algo que no tengo del todo claro si me interesa.

Maru Labat
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