Revista Palta | 2001: ODISEA DE MI PROPIO ESPACIO
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2001: ODISEA DE MI PROPIO ESPACIO

El otro día soñé que mi viejo se aparecía en mi casa para darme un regalo: el de poder viajar en el tiempo. El estaba contento, tranquilo y yo lo miraba emocionada. Me levanté un poco conmovida por el sueño, y me di cuenta que una puede ir para atrás de una manera más fácil… pero volver menos invicta.

El 25 de diciembre era el día de Navidad y para muchas familias en Buenos Aires, sobre todo en la mía, era el día de las sobras. Entonces como todos los años vino mi familia materna a almorzar lo que había quedado de las ensaladas de mi abuela y de la carne que había preparado mi vieja.

Yo tenía 15 años, y estaba bastante ausente porque mi novio (el primer gran amor) no aparecía por ningún lado. No aparecía quiere decir que no me había llamado ni en noche buena ni en noche mala ni ese día tan importante que es el cumpleaños de Jesús. El almuerzo había ocurrido sin charlas trascendentales y ya estábamos en la hermosa sobre mesa. De repente, empezamos a escuchar gritos en el patio de mi casa, y sin dirigirnos la palabra corrimos todos a la ventana: mi perro había mordido a mi prima en la yugular.

Que “mi perro no era así”, que era “un perro amoroso”, que “los petardos lo pueden haber asustado y puesto muy nervioso”, miles de explicaciones le dábamos a mi tía y al mundo para tratar de entender por qué Tomi había decidido actuar contra mi primita de 10 años.

En cuestión de minutos la Navidad se había ido a la mierda y ahora todos hablaban de qué hacer con el perro. Al no soportar la situación, necesite abstraerme y preocuparme por el otro problema emocional que me estaba pasando: Mi novio seguía sin aparecer, ya me empezaban a caer gotones de los ojos.

Diciembre del 2001. Que mes horrible para que pasaran tantas cosas: una gigante crisis económica afuera y adentro de mi casa, yo con el corazón en la mano y mi perro acusado de tentativa de homicidio. El planeta no estaba estallando, pero mi mundo como lo conocía estaba terminando. El país (y yo) estábamos adoleciendo de manera tristísima.

Como mi mejor amiga, a la vez muy amiga de mi novio, vivía cerca de mi casa, decidí escapar de todo ese caos navideño y empecé a caminar hacia su casa. Llegué y encontré lo que parecía para todos obvio. Mi novio estaba con ella, y ahora ambos me estaban mirando, rojos, enrarecidos.

En ese momento me cae un dolor de panza increíble, como el dolor que surge de darte cuenta de algo horrible, de algo que todos sabían antes que vos… como cuando te enteras que Papá Noel son los padres, o como cuando te dicen que tu mascota se fue al campo, cuando en realidad se murió.

Mi mejor amiga y mi novio estaban juntos y habían decidido confesarlo de la peor manera: sin decir nada. Adoptando el mismo silencio, dando pasos rápidos y humillados, me fui de la escena.  

Mientras volvía a mi casa, caminé un rato largo por mi barrio con los ojos empañados, mirando todo extrañada. Los árboles, las casas, los autos y mis calles se veían raras. Más tristes, más solas… menos mías.

Ese día, decidió abandonarme la inocencia que alguna vez llevé como bandera y mi seguridad tal como la conocía se convirtió en un perro abandonado. Esa Navidad nació una Clarita en modo alerta, pensando (y esperando) que todo esto le pase de nuevo. Porque claro, cuando me lo hicieran otra vez, yo ya iba a estar preparada.

Para colmo todavía me quedaba el triste trabajo de contarle lo que me había pasado a mi familia, y esperar que mi historia de amor fallida no fuera un poroto al lado del corralito.

Contarles que ésta adolescente, rodeada de saqueos, había perdido a su novio amado y a su amiga de siempre. Que la fidelidad de ambos significaba todo para ella. Que estos vínculos recién nacidos eran sagrados. Que no sabía si ese chico era el hombre de su vida, pero sí el primero, y ahora no tenía ni idea dónde iba a meter todo ese amor que sentía. Que necesitaba respuestas a preguntas que no se le habían ocurrido hacer.  

Que hasta ese momento me encantaba mi vida, que me encantaba escuchar Wonderwall de Oasis sola en mi cuarto y poder pensar en cosas lindas, que ya no quería más cambios y que quería que todo se quedara quieto. Ahí, donde estaba.

Era verano, hacía calor, y empezaba a oscurecer. Lloré un rato sola en el cordón de la vereda, y después llegué a mi casa. Mis papás habían regalado a mi perro.

 

 

Por Clarita González Búnster.

Colaboración
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